Parashot 1 de octubre 2022
Ester 12–13, Hechos 15–16 y Tehilim 118
Ester 12
Vivía Mardoqueo en el palacio con Bigtán y Teres, dos eunucos del rey, guardianes del palacio.
Les oyó sus proyectos, descubrió sus intenciones y se enteró de que estaban dispuestos a poner sus manos en el rey Asuero. Entonces Mardoqueo los denunció al rey,
que sometió a interrogatorio a los dos eunucos; y habiendo ellos confesado la verdad, fueron llevados al suplicio.
El rey hizo escribir todo esto para memoria; también Mardoqueo, por su parte, escribió sobre estos sucesos.
Por aquel servicio, el rey confió a Mardoqueo un puesto en palacio y le hizo regalos.
Pero Amán, hijo de Hamdatá, del país de Agag, que gozaba del favor real, buscaba la ruina de Mardoqueo y de su pueblo, por el asunto de los dos eunucos del rey.
Ester 13
He aquí el texto de la carta: «El gran rey Asuero, a los jefes y gobernadores, súbditos suyos, de las 127 provincias que van desde la India hasta Etiopía, les escribe lo siguiente:
«Puesto al frente de muchos pueblos, y siendo señor de toda la tierra, he procurado no dejarme arrastrar por el orgullo del poder, sino gobernar siempre del modo más conveniente y benigno, manteniendo tranquilas en toda ocasión las vidas de mis súbditos, ofreciendo un reino culto y en seguridad hasta sus últimas fronteras y haciendo florecer la paz, tan deseada de todos los hombres.
Queriendo yo saber, por medio de mis consejeros, cómo podría llevar a buen término mis intenciones, uno de ellos, distinguido entre todos por su prudencia y señalado por su inquebrantable lealtad y su firme fidelidad, segundo en el reino por su dignidad, Amán,
nos denunció que se hallaba diseminado, entre todas las tribus del universo, un pueblo hostil, opuesto por sus leyes a todas las gentes, que rechaza constantemente las órdenes reales, de modo que no hay seguridad en el programa de gobierno que nosotros, con indiscutible acierto, venimos ejecutando.
«Considerando, pues, que este pueblo se mantiene aislado y en total oposición a todos los hombres, que vive según leyes exóticas y es hostil a nuestros intereses, llevando a cabo los peores crímenes para que no se consiga la estabilidad del reino,
hemos decidido que todos los que os han sido señalados en cartas de Amán, encargado de nuestros negocios y nuestro segundo padre, sean exterminados de raíz, con sus mujeres y sus niños, por la espada de sus enemigos, sin ninguna compasión ni miramiento, el día catorce del mes doce de Adar del presente año,
de modo que los malévolos de ayer y hoy desciendan en un solo día al Hades por la violencia y nos permitan gozar, en los días futuros, de la perpetua paz y seguridad.»
Mardoqueo oró al Señor, acordándose de todas sus maravillas, y exclamó:
«¡Señor, Señor, Rey Omnipotente! Todo está sometido a tu poder, y no hay quien pueda resistir tu voluntad si has decidido salvar a Israel.
Tú hiciste el cielo y la tierra y cuantas maravillas existen bajo el cielo.
Eres Señor de todo, y nadie puede oponerse a ti, Señor.
Tú lo conoces todo, tú sabes, Señor, que no por insolencia, orgullo o pundonor, hice yo esto de rehusar inclinarme ante el orgulloso Amán,
pues gustoso besaría las plantas de sus pies por la salvación de Israel.
Pero yo lo hice por no rendir a un hombre gloria por encima de la gloria de Yahweh; no me postraré ante nadie, sino ante ti solo, Señor; y no dicta el orgullo mi conducta.
Ahora, pues, Señor, Elohim, Rey, Yahweh de Abraham, perdona a tu pueblo, porque andan mirando cómo destruirnos y han deseado exterminar la heredad que fue tuya desde siempre.
No desprecies tu parte, la que rescataste para ti del país de Egipto.
Escucha mi oración, muéstrate propicio a tu heredad; convierte nuestro duelo en alegría, para que, viviendo, cantemos himnos a tu Nombre, Señor. No tapes la boca de los que te alaban.»
Todo Israel clamaba con todas sus fuerzas, pues tenían la muerte ante los ojos.
Hechos 15
Bajaron algunos de Judea que enseñaban a los hermanos: «Si no os circuncidáis conforme a la costumbre mosaica, no podéis salvaros.»
Se produjo con esto una agitación y una discusión no pequeña de Pablo y Bernabé contra ellos; y decidieron que Pablo y Bernabé y algunos de ellos subieran a Jerusalén, donde los apóstoles y presbíteros, para tratar esta cuestión.
Ellos, pues, enviados por la Iglesia, atravesaron Fenicia y Samaria, contando la conversión de los gentiles y produciendo gran alegría en todos los hermanos.
Llegados a Jerusalén fueron recibidos por la Iglesia y por los apóstoles y presbíteros, y contaron cuanto Yahweh había hecho juntamente con ellos.
Pero algunos de la secta de los fariseos, que habían abrazado la fe, se levantaron para decir que era necesario circuncidar a los gentiles y mandarles guardar la Ley de Moisés.
Se reunieron entonces los apóstoles y presbíteros para tratar este asunto.
Después de una larga discusión, Pedro se levantó y les dijo: «Hermanos, vosotros sabéis que ya desde los primeros días me eligió Yahweh entre vosotros para que por mi boca oyesen los gentiles la Palabra de la Buena Nueva y creyeran.
Y Yahweh, conocedor de los corazones, dio testimonio en su favor comunicándoles al Ruaj HaKodesh como a nosotros;
y no hizo distinción alguna entre ellos y nosotros, pues purificó sus corazones con la fe.
¿Por qué, pues, ahora tentáis a Yahweh queriendo poner sobre el cuello de los discípulos un yugo que ni nuestros padres ni nosotros pudimos sobrellevar?
Nosotros creemos más bien que nos salvamos por la gracia del Señor Yeshúa, del mismo modo que ellos.»
Toda la asamblea calló y escucharon a Bernabé y a Pablo contar todas las señales y prodigios que Adonay había realizado por medio de ellos entre los gentiles.
Cuando terminaron de hablar, tomó Santiago la palabra y dijo: «Hermanos, escuchadme.
Simeón ha referido cómo Adonay ya al principio intervino para procurarse entre los gentiles un pueblo para su Nombre.
Con esto concuerdan los oráculos de los Profetas, según está escrito:
«Después de esto volveré y reconstruiré la tienda de David que está caída; reconstruiré sus ruinas, y la volveré a levantar.
Para que el resto de los hombres busque al Señor, y todas las naciones que han sido consagradas a mi nombre, dice el Señor que hace
que estas cosas sean conocidas desde la eternidad.
«Por esto opino yo que no se debe molestar a los gentiles que se conviertan a Yahweh
sino escribirles que se abstengan de lo que ha sido contaminado por los ídolos, de la impureza, de los animales estrangulados y de la sangre.
Porque desde tiempos antiguos Moisés tiene en cada ciudad sus predicadores y es leído cada sábado en las sinagogas.»
Entonces decidieron los apóstoles y presbíteros, de acuerdo con toda la Iglesia, elegir de entre ellos algunos hombres y enviarles a Antioquía con Pablo y Bernabé; y estos fueron Judas, llamado Barsabás, y Silas, que eran dirigentes entre los hermanos.
Por su medio les enviaron esta carta: «Los apóstoles y los presbíteros hermanos, saludan a los hermanos venidos de la gentilidad que están en Antioquía, en Siria y en Cilicia.
Habiendo sabido que algunos de entre nosotros, sin mandato nuestro, os han perturbado con sus palabras, trastornando vuestros ánimos,
hemos decidido de común acuerdo elegir algunos hombres y enviarlos donde vosotros, juntamente con nuestros queridos Bernabé y Pablo,
que son hombres que han entregado su vida a la causa de nuestro Señor Yeshúa HaMashiaj.
Enviamos, pues, a Judas y Silas, quienes os expondrán esto mismo de viva voz:
Que hemos decidido el Ruaj HaKodesh y nosotros no imponeros más cargas que éstas indispensables:
abstenerse de lo sacrificado a los ídolos, de la sangre, de los animales estrangulados y de la impureza. Haréis bien en guardaros de estas cosas. Adiós.»
Ellos, después de despedirse, bajaron a Antioquía, reunieron la asamblea y entregaron la carta.
La leyeron y se gozaron al recibir aquel aliento.
Judas y Silas, que eran también profetas, exhortaron con un largo discurso a los hermanos y les confortaron.
Pasado algún tiempo, fueron despedidos en paz por los hermanos para volver a los que los habían enviado.
Pablo y Bernabé se quedaron en Antioquía enseñando y anunciando, en compañía de otros muchos, la Buena Nueva, la palabra del Señor.
Al cabo de algunos días dijo Pablo a Bernabé: «Volvamos ya a ver cómo les va a los hermanos en todas aquellas ciudades en que anunciamos la palabra del Señor.»
Bernabé quería llevar también con ellos a Juan, llamado Marcos.
Pablo, en cambio, pensaba que no debían llevar consigo al que se había separado de ellos en Panfilia y no les había acompañado en la obra.
Se produjo entonces una tirantez tal que acabaron por separarse el uno del otro: Bernabé tomó consigo a Marcos y se embarcó rumbo a Chipre;
por su parte Pablo eligió por compañero a Silas y partió, encomendado por los hermanos a la gracia de Yahweh.
Recorrió Siria y Cilicia consolidando las Iglesias.»
Hechos 16
Llegó también a Derbe y Listra. Había allí un discípulo llamado Timoteo, hijo de una mujer judía creyente y de padre griego.
Los hermanos de Listra e Iconio daban de él un buen testimonio.
Pablo quiso que se viniera con él. Le tomó y le circuncidó a causa de los judíos que había por aquellos lugares, pues todos sabían que su padre era griego.
Conforme iban pasando por las ciudades, les iban entregando, para que las observasen, las decisiones tomadas por los apóstoles y presbíteros en Jerusalén.
Las Iglesias, pues, se afianzaban en la fe y crecían en número de día en día.
Atravesaron Frigia y la región de Galacia, pues el Ruaj HaKodesh les había impedido predicar la Palabra en Asia.
Estando ya cerca de Misia, intentaron dirigirse a Bitinia, pero no se lo consintió el Ruaj de Yeshúa.
Atravesaron, pues, Misia y bajaron a Tróada.
Por la noche Pablo tuvo una visión: Un macedonio estaba de pie suplicándole: «Pasa a Macedonia y ayúdanos.»
En cuanto tuvo la visión, inmediatamente intentamos pasar a Macedonia, persuadidos de que Yahweh nos había llamado para evangelizarles.
Nos embarcamos en Tróada y fuimos derechos a Samotracia, y al día siguiente a Neápolis;
de allí pasamos a Filipos, que es una de las principales ciudades de la demarcación de Macedonia, y colonia. En esta ciudad nos detuvimos algunos días.
El sábado salimos fuera de la puerta, a la orilla de un río, donde suponíamos que habría un sitio para orar. Nos sentamos y empezamos a hablar a las mujeres que habían concurrido.
Una de ellas, llamada Lidia, vendedora de púrpura, natural de la ciudad de Tiatira, y que adoraba a Yahweh, nos escuchaba. El Señor le abrió el corazón para que se adhiriese a las palabras de Pablo.
Cuando ella y los de su casa recibieron el bautismo, suplicó: «Si juzgáis que soy fiel al Señor, venid y quedaos en mi casa.» Y nos obligó a ir.
Sucedió que al ir nosotros al lugar de oración, nos vino al encuentro una muchacha esclava poseída de un espíritu adivino, que pronunciando oráculos producía mucho dinero a sus amos.
Nos seguía a Pablo y a nosotros gritando: «Estos hombres son siervos del Adonay Altísimo, que os anuncian un camino de salvación.»
Venía haciendo esto durante muchos días. Cansado Pablo, se volvió y dijo al espíritu: «En nombre de Yeshúa te mando que salgas de ella.» Y en el mismo instante salió.
Al ver sus amos que se les había ido su esperanza de ganancia, prendieron a Pablo y a Silas y los arrastraron hasta el ágora, ante los magistrados;
los presentaron a los pretores y dijeron: «Estos hombres alborotan nuestra ciudad; son judíos
y predican unas costumbres que nosotros, por ser romanos, no podemos aceptar ni practicar.»
La gente se amotinó contra ellos; los pretores les hicieron arrancar los vestidos y mandaron azotarles con varas.
Después de haberles dado muchos azotes, los echaron a la cárcel y mandaron al carcelero que los guardase con todo cuidado.
Este, al recibir tal orden, los metió en el calabozo interior y sujetó sus pies en el cepo.
Hacia la media noche Pablo y Silas estaban en oración cantando himnos a Yahweh; los presos les escuchaban.
De repente se produjo un terremoto tan fuerte que los mismos cimientos de la cárcel se conmovieron. Al momento quedaron abiertas todas las puertas y se soltaron las cadenas de todos.
Despertó el carcelero y al ver las puertas de la cárcel abiertas, sacó la espada e iba a matarse, creyendo que los presos habían huido.
Pero Pablo le gritó: «No te hagas ningún mal, que estamos todos aquí.»
El carcelero pidió luz, entró de un salto y tembloroso se arrojó a los pies de Pablo y Silas,
los sacó fuera y les dijo: «Señores, ¿qué tengo que hacer para salvarme?»
Le respondieron: «Ten fe en el Señor Yeshúa y te salvarás tú y tu casa.»
Y le anunciaron la Palabra del Señor a él y a todos los de su casa.
En aquella misma hora de la noche el carcelero los tomó consigo y les lavó las heridas; inmediatamente recibió el bautismo él y todos los suyos.
Les hizo entonces subir a su casa, les preparó la mesa y se alegró con toda su familia por haber creído en Yahweh.
Llegado el día, los pretores enviaron a los lictores a decir al carcelero: «Pon en libertad a esos hombres.»
El carcelero transmitió estas palabras a Pablo: «Los pretores han enviado a decir que os suelte. Ahora, pues, salid y marchad.»
Pero Pablo les contestó: «Después de habernos azotado públicamente sin habernos juzgado, a pesar de ser nosotros ciudadanos romanos, nos echaron a la cárcel; ¿y ahora quieren mandarnos de aquí a escondidas? Eso no; que vengan ellos a sacarnos.»
Los lectores transmitieron estas palabras a los pretores. Les entró miedo al oír que eran romanos.
Vinieron y les rogaron que saliesen de la ciudad.
Al salir de la cárcel se fueron a casa de Lidia, volvieron a ver a los hermanos, los animaron y se marcharon.
Tehilim 118
¡Aleluya!
¡Dad gracias a Yahweh, porque es bueno, porque es eterno su amor!
¡Diga la casa de Israel: que es eterno su amor!
¡Diga la casa de Aarón: que es eterno su amor!
¡Digan los que temen a Yahweh: que es eterno su amor!
En mi angustia hacia Yahweh grité, él me respondió y me dio respiro;
Yahweh está por mí, no tengo miedo, ¿qué puede hacerme el hombre?
Yahweh está por mí, entre los que me ayudan, y yo desafío a los que me odian.
Mejor es refugiarse en Yahweh que confiar en hombre;
mejor es refugiarse en Yahweh que confiar en magnates.
Me rodeaban todos los gentiles: en el nombre de Yahweh los cercené;
me rodeaban, me asediaban: en el nombre de Yahweh los cercené.
Me rodeaban como avispas, llameaban como fuego de zarzas: en el nombre de Yahweh los cercené.
Se me empujó, se me empujó para abatirme, pero Yahweh vino en mi ayuda;
mi fuerza y mi cántico es Yahweh, él ha sido para mí la salvación.
Clamor de júbilo y salvación, en las tiendas de los justos: «¡La diestra de Yahweh hace proezas,
excelsa la diestra de Yahweh, la diestra de Yahweh hace proezas!»
No, no he de morir, que viviré, y contaré las obras de Yahweh;
me castigó, me castigó Yahweh, pero a la muerte no me entregó.
¡Abridme las puertas de justicia, entraré por ellas, daré gracias a Yahweh!
Aquí está la puerta de Yahweh, por ella entran los justos.
Gracias te doy, porque me has respondido, y has sido para mí la salvación.
La piedra que los constructores desecharon en piedra angular se ha convertido;
esta ha sido la obra de Yahweh, una maravilla a nuestros ojos.
¡Este es el día que Yahweh ha hecho, exultemos y gocémonos en él!
¡Ah, Yahweh, da la salvación! ¡Ah, Yahweh, da el éxito!
¡Bendito el que viene en el nombre de Yahweh! Desde la Casa de Yahweh os bendecimos.
Yahweh es Adonay, él nos ilumina. ¡Cerrad la procesión, ramos en mano, hasta los cuernos del altar!
Tú eres mi Yahweh, yo te doy gracias, Adonay mío, yo te exalto.
¡Dad gracias a Yahweh, porque es bueno, porque es eterno su amor!

