Parashot 10 de diciembre 2022
I Macabeos 16 — II Macabeos 1, Romanos 7–8 y Tehilim 128
I Macabeos 16
Subió Juan de Gázara y comunicó a su padre Simón las actividades de Cendebeo.
Simón llamó entonces a sus dos hijos mayores, Judas y Juan, y les dijo: «Mis hermanos y yo y la casa de mi padre hemos combatido a los enemigos de Israel desde nuestra juventud hasta el día de hoy y llevamos muchas veces a feliz término la liberación de Israel;
pero ahora ya estoy viejo mientras que vosotros, por la misericordia del Cielo, estáis en buena edad. Ocupad, pues, mi puesto y el de mi hermano, salid a combatir por nuestra nación y que el auxilio del Cielo sea con vosotros.»
Escogió luego en el país 20.000 combatientes y jinetes que partieron contra Cendebeo y pasaron la noche en Modín.
Al levantarse de mañana, avanzaron hacia la llanura y he aquí que un ejército numeroso, infantería y caballería, venía a su encuentro. Un torrente se interponía entre ellos.
Juan con sus tropas tomó posiciones frente al enemigo y advirtiendo que sus tropas tenían miedo de pasar el torrente, lo pasó él el primero, y sus hombres, al verle, pasaron detrás de él.
Dividió su ejército (en dos cuerpos) y puso a los jinetes en medio de los de a pie, pues la caballería de los contrarios era muy numerosa.
Tocaron las trompetas y Cendebeo y su ejército salieron derrotados. Muchos de ellos cayeron heridos de muerte y los que quedaron huyeron en dirección a la fortaleza.
Entonces cayó herido Judas, el hermano de Juan. Pero Juan los persiguió hasta que Cendebeo entró en Cedrón que él había construido.
Fueron también a refugiarse en las torres que hay por los campos de Azoto y Juan le prendió fuego. Unos 2.000 de ellos sucumbieron y Juan regresó en paz a Judea.
Tolomeo, hijo de Abubos, había sido nombrado estratega de la llanura de Jericó y poseía mucha plata y oro,
pues era yerno del sumo sacerdote.
Su corazón se ensoberbeció tanto que aspiró a apoderarse del país, para lo cual tramaba quitar a traición la vida a Simón y a sus hijos.
Yendo Simón de inspección por las ciudades del país preocupándose de su administración, bajó con sus hijos, Matatías y Judas, a Jericó. Era el año 177 en el undécimo mes que es el mes de Sebat.
El hijo de Abubos los recibió traidoramente en una pequeña fortaleza llamada Dok que él había construido, les dio un gran banquete y ocultó allí hombres.
Cuando Simón y sus hijos estuvieron bebidos, se levantó Tolomeo con los suyos, tomaron sus armas y lanzándose sobre Simón en la sala del banquete, le mataron a él, a sus dos hijos y a algunos de sus servidores.
Cometió de esta manera una gran alevosía y devolvió mal por bien.
Luego escribió Tolemeo al rey contándole lo ocurrido y pidiéndole que le enviara tropas en su auxilio para entregarle el país y sus ciudades.
Envió otros a Gázara para quitar de en medio a Juan. Escribió a los quiliarcos invitándoles a venir donde él para darles plata, oro y otras dádivas.
Envió otros que se apoderasen de Jerusalén y del monte del santuario.
Pero adelantándose uno, anunció a Juan en Gázara que su padre y sus hermanos había perecido y añadió: «Ha enviado gente a matarte a ti también.»
Al oír estas noticias quedó profundamente afectado, prendió a los hombres que venían a matarle y les dio muerte, pues sabía que pretendían asesinarle.
Las restantes actividades de Juan, sus guerras, las proezas que llevó a cabo, las murallas que levantó y otras empresas suyas
están escritas en el libro de los Anales de su pontificado a partir del día en que fue nombrado sumo sacerdote como sucesor de su padre.
II Macabeos 1
A los hermanos judíos que viven en Egipto, les saludan sus hermanos judíos que están en Jerusalén y en la región de Judea, deseándoles una paz dichosa.
Que Yahweh os llene de bienes y recuerde su alianza con Abraham, Isaac y Jacob, sus fieles servidores.
Que a todos os dé corazón para adorarle y cumplir su voluntad con corazón grande y ánimo generoso.
Que abra vuestro corazón a su Ley y a sus preceptos, y os otorgue la paz.
Que escuche vuestras súplicas, se reconcilie con vosotros y no os abandone en tiempo de desgracia.
Esto es lo que estamos ahora pidiendo por vosotros.
Ya el año 169, en el reinado de Demetrio, nosotros, los judíos, os escribimos así: «En lo más grave de la tribulación que ha caído sobre nosotros en estos años, desde que Jasón y sus partidarios traicionaron la tierra santa y el reino,
incendiaron el portón (del Templo) y derramaron sangre inocente, suplicamos al Señor y hemos sido escuchados. Hemos ofrecido un sacrificio con flor de harina, hemos encendido las lámparas y presentado los panes.»
También ahora os escribimos para que celebréis la fiesta de las Tiendas en el mes de Kisléu. Es el año 188.
Los que están en Jerusalén y en Judea, los ancianos y Judas saludan y desean prosperidad a Aristóbulo, preceptor del rey Tolomeo, del linaje de los sacerdotes ungidos, y a los judíos que están en Egipto.
Salvados por Yahweh de grandes peligros, le damos rendidas gracias, como a quien nos ha guiado en la batalla contra el rey,
ya que El ha arrojado fuera a los que combatían contra la ciudad santa.
Pues, cuando llegó a Persia su jefe acompañado de un ejército, al parecer invencible, fueron desbaratados en el templo de Nanea, gracias al engaño tramado por los sacerdotes de Nanea.
Antíoco, y con él sus amigos, llegaron a aquel lugar como tratando de desposarse con la diosa, con objeto de apoderarse, a título de dote, de abundantes riquezas.
Una vez que los sacerdotes del templo de Nanea las hubieron expuesto y que él se hubo presentado con unas pocas personas en el recinto sagrado, cerraron el templo en cuanto entró Antíoco.
Abrieron la puerta secreta del techo y a pedradas aplastaron al jefe; le descuartizaron, y cortándole la cabeza, la arrojaron a los que estaban fuera.
En todo sea bendito nuestro Yahweh que ha entregado los impíos (a la muerte).
A punto de celebrar en el veinticinco de Kisléu la purificación del Templo, nos ha parecido conveniente informaros, para que también vosotros la celebréis como la fiesta de las Tiendas y del fuego aparecido cuando ofreció sacrificios Nehemías, el que construyó el Templo y el altar.
Pues, cuando nuestros padres fueron llevados a Persia, los sacerdotes piadosos de entonces, habiendo tomado fuego del altar, lo escondieron secretamente en una concavidad semejante a un pozo seco, en el que tan a seguro lo dejaron, que el lugar quedó ignorado de todos.
Pasados muchos años, cuando a Yahweh le plugo, Nehemías, enviado por el rey de Persia, mandó que buscaran el fuego los descendientes de los sacerdotes que lo habían escondido;
pero como ellos informaron que en realidad no habían encontrado fuego, sino un líquido espeso, él les mandó que lo sacasen y trajesen. Cuando estuvo dispuesto el sacrificio, Nehemías mandó a los sacerdotes que rociaran con aquel líquido la leña y lo que había colocado sobre ella.
Cumplida la orden, y pasado algún tiempo, el sol que antes estaba nublado volvió a brillar, y se encendió una llama tan grande que todos quedaron maravillados.
Mientras se consumía el sacrificio, los sacerdotes hacían oración: todos los sacerdotes con Jonatán que comenzaba, y los demás, como Nehemías, respondían.
La oración era la siguiente: «Señor, Señor Yahweh, creador de todo, temible y fuerte, justo y misericordioso, tú, rey único y bueno,
tú, solo generoso, solo justo, todopoderoso y eterno, que salvas a Israel de todo mal, que elegiste a nuestros padres y los santificaste,
acepta el sacrificio por todo tu pueblo Israel, guarda tu heredad y santifícala.
Reúne a los nuestros dispersos, da libertad a los que están esclavizados entre las naciones, vuelve tus ojos a los despreciados y abominados, y conozcan los gentiles que tú eres nuestro Adonay.
Aflige a los que tiranizan y ultrajan con arrogancia.
Planta a tu pueblo en tu lugar santo, como dijo Moisés.»
Los sacerdotes salmodiaban los himnos.
Cuando fue consumido el sacrificio, Nehemías mandó derramar el líquido sobrante sobre unas grandes piedras.
Hecho esto, se encendió una llamarada que quedó absorbida por el mayor resplandor que brillaba en el altar.
Cuando el hecho se divulgó y se refirió al rey de los persas que en el lugar donde los sacerdotes deportados habían escondido el fuego, había aparecido aquel líquido con el que habían santificado las ofrendas del sacrificio Nehemías y sus compañeros,
el rey después de verificar tal hecho mandó alzar una cerca haciendo sagrado el lugar.
El rey recogía grandes sumas y las repartía a quienes quería hacer favores.
Nehemías y sus compañeros llamaron a ese líquido «neftar», que significa «purificación»; pero la mayoría lo llama «nafta».
Romanos 7
¿O es que ignoráis, hermanos, — hablo a quienes entienden de leyes — que la ley no domina sobre el hombre sino mientras vive?
Así, la mujer casada está ligada por la ley a su marido mientras éste vive; mas, una vez muerto el marido, se ve libre de la ley del marido.
Por eso, mientras vive el marido, será llamada adultera si se une a otro hombre; pero si muere el marido, queda libre de la ley, de forma que no es adultera si se casa con otro.
Así pues, hermanos míos, también vosotros quedasteis muertos respecto de la ley por el cuerpo de Yeshúa, para pertenecer a otro: a aquel que fue resucitado de entre los muertos, a fin de que fructificáramos para Yahweh.
Porque, cuando estábamos en la carne, las pasiones pecaminosas, excitadas por la ley, obraban en nuestros miembros, a fin de que produjéramos frutos de muerte.
Más, al presente, hemos quedado emancipados de la ley, muertos a aquello que nos tenía aprisionados, de modo que sirvamos con un espíritu nuevo y no con la letra vieja.
¿Qué decir, entonces? ¿Que la ley es pecado? ¡De ningún modo! Sin embargo yo no conocí el pecado sino por la ley. De suerte que yo hubiera ignorado la concupiscencia si la ley no dijera: ¡No te des a la concupiscencia!
Mas el pecado, tomando ocasión por medio del precepto, suscitó en mi toda suerte de concupiscencias; pues sin ley el pecado estaba muerto.
¡Ah! ¡Vivía yo un tiempo sin ley!, pero en cuanto sobrevino el precepto, revivió el pecado,
y yo morí; y resultó que el precepto, dado para vida, me fue para muerte.
Porque el pecado, tomando ocasión por medio del precepto, me sedujo , y por él, me mató.
Así que, la ley es santa, y santo el precepto, y justo y bueno.
Luego ¿se habrá convertido lo bueno en muerte para mí? ¡De ningún modo! Sino que el pecado, para aparecer como tal, se sirvió de una cosa buena, para procurarme la muerte, a fin de que el pecado ejerciera todo su poder de pecado por medio del precepto.
Sabemos, en efecto, que la ley es espiritual, mas yo soy de carne, vendido al poder del pecado.
Realmente, mi proceder no lo comprendo; pues no hago lo que quiero, sino que hago lo que aborrezco.
Y, si hago lo que no quiero, estoy de acuerdo con la Ley en que es buena;
en realidad, ya no soy yo quien obra, sino el pecado que habita en mí.
Pues bien sé yo que nada bueno habita en mí, es decir, en mi carne; en efecto, querer el bien lo tengo a mi alcance, mas no el realizarlo,
puesto que no hago el bien que quiero, sino que obro el mal que no quiero.
Y, si hago lo que no quiero, no soy yo quien lo obra, sino el pecado que habita en mí.
Descubro, pues, esta ley: aun queriendo hacer el bien, es el mal el que se me presenta.
Pues me complazco en la ley de Yahweh según el hombre interior,
pero advierto otra ley en mis miembros que lucha contra la ley de mi razón y me esclaviza a la ley del pecado que está en mis miembros.
¡Pobre de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo que me lleva a la muerte?
¡Gracias sean dadas a Yahweh por Yeshúa nuestro Señor! Así pues, soy yo mismo quien con la razón sirve a la ley de Yahweh, mas con la carne, a la ley del pecado.
Romanos 8
Por consiguiente, ninguna condenación pesa ya sobre los que están en Yeshúa.
Porque la ley del espíritu que da la vida en Yeshúa te liberó de la ley del pecado y de la muerte.
Pues lo que era imposible a la ley, reducida a la impotencia por la carne, Yahweh, habiendo enviado a su propio Hijo en una carne semejante a la del pecado, y en orden al pecado, condenó el pecado en la carne,
a fin de que la justicia de la ley se cumpliera en nosotros que seguimos una conducta, no según la carne, sino según el espíritu.
Efectivamente, los que viven según la carne, desean lo carnal; mas los que viven según el espíritu, lo espiritual.
Pues las tendencias de la carne son muerte; mas las del espíritu, vida y paz,
ya que las tendencias de la carne llevan al odio a Yahweh: no se someten a la ley de Yahweh, ni siquiera pueden;
así, los que están en la carne, no pueden agradar a Yahweh.
Mas vosotros no estáis en la carne, sino en el espíritu, ya que el Espíritu de Yahweh habita en vosotros. El que no tiene el Espíritu de Yeshúa, no le pertenece;
mas si Yeshúa está en vosotros, aunque el cuerpo haya muerto ya a causa del pecado, el espíritu es vida a causa de la justicia.
Y si el Espíritu de Aquel que resucitó a Yeshúa de entre los muertos habita en vosotros, Aquel que resucitó a Yeshúa de entre los muertos dará también la vida a vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que habita en vosotros.
Así que, hermanos míos, no somos deudores de la carne para vivir según la carne,
pues, si vivís según la carne, moriréis. Pero si con el Espíritu hacéis morir las obras del cuerpo, viviréis.
En efecto, todos los que son guiados por el Espíritu de Yahweh son hijos de Yahweh.
Pues no recibisteis un espíritu de esclavos para recaer en el temor; antes bien, recibisteis un espíritu de hijos adoptivos que nos hace exclamar: ¡Abbá, Padre!
El Espíritu mismo se une a nuestro espíritu para dar testimonio de que somos hijos de Yahweh.
Y, si hijos, también herederos: herederos de Yahweh y coherederos de Yeshúa, ya que sufrimos con él, para ser también con él glorificados.
Porque estimo que los sufrimientos del tiempo presente no son comparables con la gloria que se ha de manifestar en nosotros.
Pues la ansiosa espera de la creación desea vivamente la revelación de los hijos de Yahweh.
La creación, en efecto, fue sometida a la vanidad, no espontaneamente, sino por aquel que la sometió, en la esperanza
de ser liberada de la servidumbre de la corrupción para participar en la gloriosa libertad de los hijos de Yahweh.
Pues sabemos que la creación entera gime hasta el presente y sufre dolores de parto.
Y no sólo ella; también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, nosotros mismos gemimos en nuestro interior anhelando el rescate de nuestro cuerpo.
Porque nuestra salvación es en esperanza; y una esperanza que se ve, no es esperanza, pues ¿cómo es posible esperar una cosa que se ve?
Pero esperar lo que no vemos, es aguardar con paciencia.
Y de igual manera, el Espíritu viene en ayuda de nuestra flaqueza. Pues nosotros no sabemos cómo pedir para orar como conviene; mas el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables,
y el que escruta los corazones conoce cuál es la aspiración del Espíritu, y que su intercesión a favor de los santos es según Yahweh.
Por lo demas, sabemos que en todas las cosas interviene Yahweh para bien de los que le aman; de aquellos que han sido llamados según su designio.
Pues a los que de antemano conoció, también los predestinó a reproducir la imagen de su Hijo, para que fuera él el primogenito entre muchos hermanos;
y a los que predestinó, a ésos también los justificó; a los que justificó, a ésos también los glorificó.
Ante esto ¿qué diremos? Si Yahweh está por nosotros ¿quién contra nosotros?
El que no perdonó ni a su propio Hijo, antes bien le entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará con él graciosamente todas las cosas?
¿Quién acusará a los elegidos de Yahweh? Yahweh es quien justifica.
¿Quién condenará? ¿Acaso Yeshúa, el que murió; más aún el que resucitó, el que está a la diestra de Yahweh, y que intercede por nosotros?
¿Quién nos separará del amor de Yeshúa? ¿La tribulación?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿los peligros?, ¿la espada?,
como dice la Escritura: Por tu causa somos muertos todo el día; tratados como ovejas destinadas al matadero.
Pero en todo esto salimos vencedores gracias a aquel que nos amó.
Pues estoy seguro de que ni la muerte ni la vida ni los ángeles ni los principados ni lo presente ni lo futuro ni las potestades
ni la altura ni la profundidad ni otra criatura alguna podrá separarnos del amor de Yahweh manifestado en Yeshúa Señor nuestro.
Tehilim 128
Canción de las subidas. Dichosos todos los que temen a Yahweh, los que van por sus caminos.
Del trabajo de tus manos comerás, ¡dichoso tú, que todo te irá bien!
Tu esposa será como parra fecunda en el secreto de tu casa. Tus hijos, como brotes de olivo en torno a tu mesa.
Así será bendito el hombre que teme a Yahweh.
¡Bendígate Yahweh desde Sión, que veas en ventura a Jerusalén todos los días de tu vida,
y veas a los hijos de tus hijos! ¡Paz a Israel!

