Parashot 10 de febrero 2024
Sabiduría 13-14, Apocalipsis 8-9 y Tehilim 39
Sabiduría 13
Sí, vanos por naturaleza todos los hombres en quienes había ignorancia de Elohim y no fueron capaces de conocer por las cosas buenas que se ven a Aquél que es, ni, atendiendo a las obras, reconocieron al Artífice;
sino que al fuego, al viento, al aire ligero, a la bóveda estrellada, al agua impetuosa o a las lumbreras del cielo los consideraron como dioses, señores del mundo.
Que si, cautivados por su belleza, los tomaron por dioses, sepan cuánto les aventaja el Adon de éstos, pues fue el Autor mismo de la belleza quien los creó.
Y si fue su poder y eficiencia lo que les dejó sobrecogidos, deduzcan de ahí cuánto más poderoso es Aquel que los hizo;
pues de la grandeza y hermosura de las criaturas se llega, por analogía, a contemplar a su Autor.
Con todo, no merecen éstos tan grave reprensión, pues tal vez caminan desorientados buscando a Elohim y queriéndole hallar.
Como viven entre sus obras, se esfuerzan por conocerlas, y se dejan seducir por lo que ven. ¡Tan bellas se presentan a los ojos!
Pero, por otra parte, tampoco son éstos excusables;
pues si llegaron a adquirir tanta ciencia que les capacitó para indagar el mundo, ¿cómo no llegaron primero a descubrir a su Señor?
Desgraciados, en cambio, y con la esperanza puesta en seres sin vida, los que llamaron dioses a obras hechas por mano de hombre, al oro, a la plata, trabajados con arte, a representaciones de animales o a una piedra inútil, esculpida por mano antigua.
Un leñador abate con la sierra un árbol conveniente, lo despoja diestramente de toda su corteza, lo trabaja con habilidad y fabrica un objeto útil a las necesidades de la vida.
Con los restos de su trabajo se prepara la comida que le deja satisfecho.
Queda todavía un resto del árbol que para nada sirve, un tronco torcido y lleno de nudos. Lo toma y lo labra para llenar los ratos de ocio, le da forma con la destreza adquirida en sus tiempos libres; le da el parecido de una imagen de hombre
o bien la semejanza de algún vil animal. Lo pinta de bermellón, colorea de rojo su cuerpo y salva todos sus defectos bajo la capa de pintura.
Luego le prepara un alojamiento digno y lo pone en una pared asegurándolo con un hierro.
Mira por él, no se le caiga, pues sabe que no puede valerse por sí mismo, que sólo es una imagen y necesita que le ayuden.
Pues bien, cuando por su hacienda, bodas o hijos ruega, no se le cae la cara al dirigirse a este ser sin vida. Y pide salud a un inválido,
vida a un muerto, auxilio al más inexperto, un viaje feliz al que ni de los pies se puede valer,
y para sus ganancias y empresas, para el exito en el trabajo de sus manos, al ser más desmañado le pide destreza.
Sabiduría 14
Otro, preparándose a embarcar para cruzar el mar bravío, invoca a un leño más frágil que la nave que le lleva.
Que a la nave, al fin, la inventó el afán de lucro, y la sabiduría fue el artífice que la construyó;
y es tu Providencia, Padre, quien la guía, pues también en el mar abriste un camino, una ruta segura a través de las olas,
mostrando así que de todo peligro puedes salvar para que hasta el inexperto pueda embarcarse.
No quieres que queden inactivas las obras de tu Sabiduría; por eso, a un minúsculo leño fían los hombres su vida, cruzan el oleaje en una barquichuela y arriban salvos a puerto.
También al principio, mientras los soberbios gigantes perecían, se refugió en una barquichuela la esperanza del mundo, y, guiada por tu mano, dejó al mundo semilla de una nueva generación.
Pues bendito es el leño por el que viene la justicia,
pero el ídolo fabricado, maldito él y el que lo hizo; uno por hacerle, el otro porque, corruptible, es llamado dios,
y Elohim igualmente aborrece al impío y su impiedad;
ambos, obra y artífice, serán igualmente castigados.
Por eso también habrá una visita para los ídolos de las naciones, porque son una abominación entre las criaturas de Elohim, un escándalo para las almas de los hombres, un lazo para los pies de los insensatos.
La invención de los ídolos fue el principio de la fornicación; su descubrimiento, la corrupción de la vida.
No los hubo al principio ni siempre existirán;
por la vanidad de los hombres entraron en el mundo y, por eso, está decidido su rápido fin.
Un padre atribulado por un luto prematuro encarga una imagen del hijo malogrado; al hombre muerto de ayer, hoy como un dios le venera y transmite a los suyos misterios y ritos.
Luego, la impía costumbre, afianzada con el tiempo, se acata como ley.
También por decretos de los soberanos recibían culto las estatuas. Unos hombres que, por vivir apartados, no les podían honrar en persona, representaron su lejana figura encargando una imagen, reflejo del rey venerado; así lisonjearían con su celo al ausente como si presente se hallara.
A extender este culto contribuyó la ambición del artista y arrastró incluso a quienes nada del rey sabían;
pues deseoso, sin duda, de complacer al soberano, alteró con su arte la semejanza para que saliese más bella,
y la muchedumbre seducida por el encanto de la obra, al que poco antes como hombre honraba, le consideró ya objeto de adoración.
De aquí provino la asechanza que se le tendió a la vida: que, víctimas de la desgracia o del poder de los soberanos, dieron los hombres a piedras y leños el Nombre incomunicable.
Luego, no bastó con errar en el conocimiento de Elohim; viviendo además la guerra que esta ignorancia les mueve, ellos a tan graves males les dan el nombre de paz.
Con sus ritos infanticidas, sus misterios secretos, sus delirantes orgías de costumbres extravagantes,
ni sus vidas ni sus matrimonios conservan ya puros. Uno elimina a otro a traición o le aflige dándole bastardos;
por doquiera, en confusión, sangre y muerte, robo y fraude, corrupción, deslealtad, agitación, perjurio,
trastorno del bien, olvido de la gratitud, inmundicia en las almas, inversión en los sexos, matrimonios libres, adulterios, libertinaje.
Que es culto de los ídolos sin nombre principio, causa y término de todos los males.
Porque o se divierten alocadamente, o manifiestan oráculos falsos, o viven una vida de injusticia, o con toda facilidad perjuran:
como los ídolos en que confían no tienen vida, no esperan que del perjurio se les siga algún mal.
Una justa sanción les alcanzará, sin embargo, por doble motivo: por formarse de Elohim una idea falsa al darse a los ídolos y por jurar injustamente contra la verdad con desprecio de toda santidad.
Que no es el poder de aquellos en cuyo nombre juran; es la sanción que merece todo el que peca, la que persigue siempre la transgresión de los inicuos.
Apocalipsis 8
Cuando el Cordero abrió el séptimo sello, se hizo silencio en el cielo, como una media hora...
Vi entonces a los siete Angeles que están en pie delante de Elohim; les fueron entregadas siete trompetas.
Otro Angel vino y se puso junto al altar con un badil de oro. Se le dieron muchos perfumes para que, con las oraciones de todos los santos, los ofreciera sobre el altar de oro colocado delante del trono.
Y por mano del Angel subió delante de Dios la humareda de los perfumes con las oraciones de los santos.
Y el Angel tomó el badil y lo llenó con brasas del altar y las arrojó sobre la tierra. Entonces hubo truenos, fragor, relámpagos y temblor de tierra.
Los siete Angeles de las siete trompetas se dispusieron a tocar.
Tocó el primero... Hubo entonces pedrisco y fuego mezclados con sangre, que fueron arrojados sobre la tierra: la tercera parte de los árboles quedó abrasada, toda hierba verde quedó abrasada.
Tocó el segundo Angel... Entonces fue arrojado al mar algo como una enorme montaña ardiendo, y la tercera parte del mar se convirtió en sangre.
Pereció la tercera parte de las criaturas del mar que tienen vida, y la tercera parte de las naves fue destruida.
Tocó el tercer Angel... Entonces cayó del cielo una estrella grande, ardiendo como una antorcha. Cayó sobre la tercera parte de los ríos y sobre las manantiales de agua.
La estrella se llama Ajenjo. La tercera parte de las aguas se convirtió en ajenjo, y mucha gente murió por las aguas, que se habían vuelto amargas.
Tocó el cuarto Angel... Entonces fue herida la tercera parte del sol, la tercera parte de la luna y la tercera parte de las estrellas; quedó en sombra la tercera parte de ellos; el día perdió una tercera parte de su claridad y lo mismo la noche.
Y seguí viendo: Oí un Aguila que volaba por lo alto del cielo y decía con fuerte voz: «¡Ay, ay, ay de los habitantes de la tierra, cuando suenen las voces que quedan de las trompetas de los tres Angeles que van a tocar!»
Apocalipsis 9
Tocó el quinto Angel... Entonces vi una estrella que había caído del cielo a la tierra. Se le dio la llave del pozo del Abismo.
Abrió el pozo del Abismo y subió del pozo una humareda como la de un horno grande, y el sol y el aire se oscurecieron con la humareda del pozo.
De la humareda salieron langostas sobre la tierra, y se les dio un poder como el que tienen los escorpiones de la tierra.
Se les dijo que no causaran daño a la hierba de la tierra, ni a nada verde, ni a ningún árbol; sólo a los hombres que no llevaran en la frente el sello de Elohim.
Se les dio poder, no para matarlos, sino para atormentarlos durante cinco meses. El tormento que producen es como el del escorpión cuando pica a alguien.
En aquellos días, buscarán los hombres la muerte y no la encontrarán; desearán morir y la muerte huirá de ellos.
La apariencia de estas langostas era parecida a caballos preparados para la guerra; sobre sus cabezas tenían como coronas que parecían de oro; sus rostros eran como rostros humanos;
tenían cabellos como cabellos de mujer, y sus dientes eran como de león;
tenían corazas como corazas de hierro, y el ruido de sus alas como el estrépito de carros de muchos caballos que corren al combate;
tienen colas parecidas a las de los escorpiones, con aguijones, y en sus colas, el poder de causar daño a los hombres durante cinco meses.
Tienen sobre sí, como rey, al Angel del Abismo, llamado en hebreo «Abaddón», y en griego «Apolíon».
El primer ¡Ay! ha pasado. Mira que detrás vienen todavía otros dos.
Tocó el sexto Angel... Entonces oí una voz que salía de los cuatro cuernos del altar de oro que está delante de Elohim;
y decía al sexto Angel que tenía la trompeta: «Suelta a los cuatro Angeles atados junto al gran río Eufrates.»
Y fueron soltados los cuatro Angeles que estaban preparados para la hora, el día, el mes y el año, para matar a la tercera parte de los hombres.
El número de su tropa de caballería era de 200.000.000; pude oír su número.
Así vi en la visión los caballos y a los que los montaban: tenían corazas de color de fuego, de jacinto y de azufre; las cabezas de los caballos como cabezas de león y de sus bocas salía fuego y humo y azufre.
Y fue exterminada la tercera parte de los hombres por estas tres plagas: por el fuego, el humo y el azufre que salían de sus bocas.
Porque el poder de los caballos está en su boca y en sus colas; pues sus colas, semejantes a serpientes, tienen cabezas y con ellas causan daño.
Pero los demás hombres, los no exterminados por estas plagas, no se convirtieron de las obras de sus manos; no dejaron de adorar a los demonios y a los ídolos de oro, de plata, de bronce, de piedra y de madera, que no pueden ver ni oír ni caminar.
No se convirtieron de sus asesinatos ni de sus hechicerías ni de sus fornicaciones ni de sus rapiñas.
Tehilim 39
Del maestro de coro. De Yedutún. Salmo. De David.
Yo me decía: «Guardaré mis caminos, sin pecar con mi lengua, pondré un freno en mi boca, mientras esté ante mí el impío.»
Enmudecí, quedé en silencio y calma: mas al ver su dicha se enconó mi tormento.
Dentro de mí mi corazón se acaloraba, de mi queja prendió el fuego, y mi lengua llegó a hablar:
«Hazme saber, Yahweh, mi fin, y cuál es la medida de mis días, para que sepa yo cuán frágil soy.
«Oh sí, de unos palmos hiciste mis días, mi existencia cual nada es ante ti; sólo un soplo, todo hombre que se yergue,
nada más una sombra el humano que pasa, sólo un soplo las riquezas que amontona, sin saber quién las recogerá.»
Y ahora, Adon, ¿qué puedo yo esperar? En ti está mi esperanza.
De todas mis rebeldías líbrame, no me hagas la irrisión del insensato.
Me callo ya, no abro la boca, pues eres tú el que actúas.
Retira de mí tus golpes, bajo el azote de tu mano me anonado.
Reprendiendo sus yerros tú corriges al hombre, cual polilla corroes su anhelos. Un soplo sólo, todo hombre. Pausa. «
Escucha mi súplica, Yahweh, presta oído a mi grito, no te hagas sordo a mis lágrimas. Pues soy un forastero junto a ti, un huésped como todos mis padres.
¡Retira tu mirada para que respire antes que me vaya y ya no exista más!

