Parashot 11 de junio 2022
Tobias 10–11, Juan 4–5 y Tehilim 102
Tobías 10
Tobit, mientras tanto, llevaba cuenta, uno por uno, de los días de ida y vuelta. Cuando se cumplió el plazo sin que el hijo hubiera regresado,
pensó: «¿Habrá algo que le retenga allí? ¡Acaso haya muerto Gabael y no haya nadie que le entregue el dinero!»
Y empezó a ponerse triste.
Ana, su mujer, decía: «Mi hijo ha muerto y ya no se cuenta entre los vivos.» Y rompió a llorar y a lamentarse por su hijo, diciendo:
«¡Ay de mí, hijo mío! ¡Que te dejé marchar a ti, luz de mis ojos!»
Tobit le dijo: «Calla, hermana, no pienses eso. El está bien. Habrán tenido algún contratiempo allí, pero su compañero es hombre de fiar y uno de los nuestros; no te inquietes por él, que debe estar cerca.»
Ella le replicó: «Déjame, no intentes engañarme. Mi hijo ha muerto.» Y todos los días se iba a mirar el camino por donde su hijo había marchado. No creía a nadie. Y cuando se ponía el sol, entraba en casa y pasaba las noches gimiendo y llorando, sin poder dormir.
Cuando se pasaron los catorce días con que Ragüel había determinado celebrar la boda de su hija, se dirigió a él Tobías y le dijo: «Déjame regresar, porque estoy seguro que mi padre y mi madre están pensando que ya no van a volver a verme. Así que te ruego, padre, que me permitas regresar al lado de mi padre. Ya te dije en qué situación le he dejado.»
Ragüel respondió a Tobías: «Quédate, hijo; quédate commigo y yo enviaré mensajeros a tu padre Tobit para que le den noticias tuyas.» Pero Tobías replicó: «No. Te ruego que me permitas volver al lado de mi padre.»
Entonces Ragüel se levantó y entregó a Tobías su mujer Sarra y la mitad de todos sus bienes, criados, criadas, bueyes y carneros, asnos y camellos, vestidos, plata y utensilios,
y les dejó partir gozosos. Al despedirse de Tobías le dijo: «¡Salud, hijo, y buen viaje! El Señor del Cielo os guíe a vosotros y a tu mujer Sarra por buen camino y que pueda yo ver vuestros hijos antes de morir.»
A su hija Sarra le dijo: «Vas al lado de tu suegro, pues desde ahora ellos son padres tuyos igual que los que te han engendrado. Vete en paz, hija. Que tenga buenas noticias de ti, mientras yo viva.» Y saludándoles, se despidió de ellos.
Edna dijo a Tobías: «Hijo y hermano queridísimo: Que el Señor te devuelva y que yo viva hasta ver tus hijos y de mi hija Sarra antes de morir. En presencia del Señor te entrego a mi hija en custodia; no le causes tristeza en todos los días de tu vida. Vete en paz, hijo. A partir de ahora, yo soy tu madre y Sarra es tu hermana. ¡Ojalá pudiéramos vivir juntos todos los días de nuestra vida!» Y besando a los dos, los dejó partir llenos de gozo.
Tobías salió de casa de Ragüel contento y gozoso, y bendiciendo al Señor del Cielo y de la tierra, rey de todas las cosas, porque había llevado a buen término su viaje. Bendijo a Ragüel y a su mujer Edna y les dijo: «Que pueda yo honraros todos los días de mi vida.»
Tobías 11
Cuando llegaron cerca de Kaserín, que está frente a Nínive,
dijo Rafael: «Tú sabes bien en qué situación dejamos a tu padre;
Vamos a adelantarnos nosotros a tu mujer para preparar la casa, mientras llegan los demás.»
Prosiguieron, pues, los dos juntos; el ángel le dijo: «Toma contigo la hiel.» El perro seguía detrás de ellos.
Estaba Ana sentada, con la mirada fija en el camino de su hijo.
Tuvo la corazonada de que él venía y dijo al padre: «Mira, ya viene tu hijo y el hombre que le acompañaba.»
Rafael iba diciendo a Tobías, mientras se acercaban al padre: «Tengo por seguro que se abrirán los ojos de tu padre.
Untale los ojos con la hiel del pez, y el remedio hará que las manchas blancas se contraigan y se le caerán como escamos de los ojos. Y así tu padre podrá mirar y ver la luz.»
Corrió Ana y se echó al cuello de su hijo, diciendo: «¡Ya te he visto, hijo! ¡Ya puedo morir!» Y rompió a llorar.
Tobit se levantó y trompicando salió a la puerta del patio.
Corrió hacia él Tobías, llevando en la mano la hiel del pez; le sopló en los ojos y abrazándole estrechamente le dijo: «¡Ten confianza, padre!» Y le aplicó el remedio y esperó;
y luego, con ambas manos le quitó las escamas de la comisura de los ojos.
Entonces él se arrojó a su cuello, lloró y le dijo: «¡Ahora te veo, hijo, luz de mis ojos!»
Y añadió: ¡Bendito sea Elohim! ¡Bendito su gran Nombre! ¡Bendito todos sus santos ángeles! ¡Bendito su gran Nombre por todos los siglos!
Porque me había azotado, pero me tiene piedad y ahora veo a mi hijo Tobías. Tobías entró en casa lleno de gozo y bendiciendo a Elohim con toda su voz; luego contó a su padre el éxito de su viaje, cómo traía el dinero y cómo se había casado con Sarra, la hija de Ragüel, y que venía ella con él y estaba ya a las puertas de Nínive.
Tobit salió al encuentro de su nuera hasta las puertas de Nínive, bendiciendo a Elohim, lleno de gozo. Cuando los de Nínive le vieron caminar, avanzando con su antigua firmeza, sin necesidad de lazarillo, se maravillaron. Tobit proclamó delante de ellos que Elohim se había compadecido de él y le había abierto los ojos.
Se acercó Tobit a Sarra, la mujer de su hijo, y la bendijo diciendo: «¡Bienvenida seas, hija! Y bendito sea tu Elohim, hija, que te ha traído hasta nosotros. Bendito sea tu padre, y bendito Tobías, mi hijo, y bendita tú misma, hija. Bienvenida seas, entra en tu casa con gozo y bendición.»
Todos los judios de Nínive celebraron fiesta aquel día.
También Ajikar y Nabad, primos de Tobit, vinieron a congratularle.
Juan 4
Cuando Yeshúa se enteró de que había llegado a oídos de los fariseos que él hacía más discípulos y bautizaba más que Juan -
aunque no era Yeshúa mismo el que bautizaba, sino sus discípulos -,
abandonó Judea y volvió a Galilea.
Tenía que pasar por Samaria.
Llega, pues, a una ciudad de Samaria llamada Sicar, cerca de la heredad que Jacob dio a su hijo José.
Allí estaba el pozo de Jacob. Yeshúa, como se había fatigado del camino, estaba sentado junto al pozo. Era alrededor de la hora sexta.
Llega una mujer de Samaria a sacar agua. Yeshúa le dice: «Dame de beber.»
Pues sus discípulos se habían ido a la ciudad a comprar comida. Le dice a la mujer samaritana:
«¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy una mujer samaritana?» (Porque los judios no se tratan con los samaritanos.)
Yeshúa le respondió: «Si conocieras el don de Elohim, y quién es el que te dice: “Dame de beber”, tú le habrías pedido a él, y él te habría dado agua viva.»
Le dice la mujer: «Señor, no tienes con qué sacarla, y el pozo es hondo; ¿de dónde, pues, tienes esa agua viva?
¿Es que tú eres más que nuestro padre Jacob, que nos dio el pozo, y de él bebieron él y sus hijos y sus ganados?»
Yeshúa le respondió: «Todo el que beba de esta agua, volverá a tener sed;
pero el que beba del agua que yo le dé, no tendrá sed jamás, sino que el agua que yo le dé se convertirá en él en fuente de agua que brota para vida eterna.»
Le dice la mujer: «Señor, dame de esa agua, para que no tenga más sed y no tenga que venir aquí a sacarla.»
Él le dice: «Vete, llama a tu marido y vuelve acá.»
Respondió la mujer: «No tengo marido.» Yeshúa le dice: «Bien has dicho que no tienes marido,
porque has tenido cinco maridos y el que ahora tienes no es marido tuyo; en eso has dicho la verdad.»
Le dice la mujer: «Señor, veo que eres un profeta.
Nuestros padres adoraron en este monte y vosotros decís que en Jerusalén es el lugar donde se debe adorar.»
Yeshúa le dice: «Créeme, mujer, que llega la hora en que, ni en este monte, ni en Jerusalén adoraréis al Padre.
Vosotros adoráis lo que no conocéis; nosotros adoramos lo que conocemos, porque la salvación viene de los judios.
Pero llega la hora (ya estamos en ella) en que los adoradores verdaderos adorarán al Padre en espíritu y en verdad, porque así quiere el Padre que sean los que le adoren.
Elohim es espíritu, y los que adoran, deben adorar en espíritu y verdad.»
Le dice la mujer: «Sé que va a venir el Mesías. Cuando venga, nos lo explicará todo.»
Yeshúa le dice: «Yo soy, el que te está hablando.»
En esto llegaron sus discípulos y se sorprendían de que hablara con una mujer. Pero nadie le dijo: «¿Qué quieres?» o «¿Qué hablas con ella?»
La mujer, dejando su cántaro, corrió a la ciudad y dijo a la gente:
«Venid a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho. ¿No será el Mesías?»
Salieron de la ciudad e iban donde él.
Entretanto, los discípulos le insistían diciendo: «Rabbí, come.»
Pero él les dijo: «Yo tengo para comer un alimento que vosotros no sabéis.»
Los discípulos se decían unos a otros: «¿Le habrá traído alguien de comer?»
Les dice Yeshúa: «Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra.
¿No decís vosotros: Cuatro meses más y llega la siega? Pues bien, yo os digo: Alzad vuestros ojos y ved los campos, que blanquean ya para la siega. Ya
el segador recibe el salario, y recoge fruto para vida eterna, de modo que el sembrador se alegra igual que el segador.
Porque en esto resulta verdadero el refrán de que uno es el sembrador y otro el segador:
yo os he enviado a segar donde vosotros no os habéis fatigado. Otros se fatigaron y vosotros os aprovecháis de su fatiga.»
Muchos samaritanos de aquella ciudad creyeron en él por las palabras de la mujer que atestiguaba: «Me ha dicho todo lo que he hecho.»
Cuando llegaron donde él los samaritanos, le rogaron que se quedara con ellos. Y se quedó allí dos días.
Y fueron muchos más los que creyeron por sus palabras,
y decían a la mujer: «Ya no creemos por tus palabras; que nosotros mismos hemos oído y sabemos que éste es verdaderamente el Salvador del mundo.»
Pasados los dos días, partió de allí para Galilea.
Pues Yeshúa mismo había afirmado que un profeta no goza de estima en su patria.
Cuando llegó, pues, a Galilea, los galileos le hicieron un buen recibimiento, porque habían visto todo lo que había hecho en Jerusalén durante la fiesta, pues también ellos habían ido a la fiesta.
Volvió, pues, a Caná de Galilea, donde había convertido el agua en vino. Había un funcionario real, cuyo hijo estaba enfermo en Cafarnaúm.
Cuando se enteró de que Yeshúa había venido de Judea a Galilea, fue donde él y le rogaba que bajase a curar a su hijo, porque se iba a morir.
Entonces Yeshúa le dijo: «Si no veis señales y prodigios, no creéis.»
Le dice el funcionario: «Señor, baja antes que se muera mi hijo.»
Yeshúa le dice: «Vete, que tu hijo vive.» Creyó el hombre en la palabra que Yeshúa le había dicho y se puso en camino.
51 Cuando bajaba, le salieron al encuentro sus siervos, y le dijeron que su hijo vivía.
52 El les preguntó entonces la hora en que se había sentido mejor. Ellos le dijeron: «Ayer a la hora séptima le dejó la fiebre.»
53.El padre comprobó que era la misma hora en que le había dicho Yeshúa: «Tu hijo vive», y creyó él y toda su familia.
54 Esta nueva señal, la segunda, la realizó Yeshúa cuando volvió de Judea a Galilea.
Juan 5
Después de esto, hubo una fiesta de los judios, y Yeshúa subió a Jerusalén.
Hay en Jerusalén, junto a la Probática, una piscina que se llama en hebreo Betesda, que tiene cinco pórticos.
En ellos yacía una multitud de enfermos, ciegos, cojos, paralíticos, esperando la agitación del agua.
Porque el Angel del Señor bajaba de tiempo en tiempo a la piscina y agitaba el agua; y el primero que se metía después de la agitación del agua, quedaba curado de cualquier mal que tuviera.
Había allí un hombre que llevaba treinta y ocho años enfermo.
Yeshúa, viéndole tendido y sabiendo que llevaba ya mucho tiempo, le dice: «¿Quieres curarte?»
Le respondió el enfermo: «Señor, no tengo a nadie que me meta en la piscina cuando se agita el agua; y mientras yo voy, otro baja antes que yo.»
Yeshúa le dice: «Levántate, toma tu camilla y anda.»
Y al instante el hombre quedó curado, tomó su camilla y se puso a andar. Pero era sábado aquel día.
Por eso los judios decían al que había sido curado: «Es sábado y no te está permitido llevar la camilla.»
Él le respondió: «El que me ha curado me ha dicho: Toma tu camilla y anda.»
Ellos le preguntaron: «¿Quién es el hombre que te ha dicho: Tómala y anda?»
Pero el curado no sabía quién era, pues Yeshúa había desaparecido porque había mucha gente en aquel lugar.
Más tarde Yeshúa le encuentra en el Templo y le dice: «Mira, estás curado; no peques más, para que no te suceda algo peor.»
El hombre se fue a decir a los judios que era Yeshúa el que lo había curado.
Por eso los judios perseguían a Yeshúa, porque hacía estas cosas en sábado.
Pero Yeshúa les replicó: «Mi Padre trabaja hasta ahora, y yo también trabajo.»
Por eso los judios trataban con mayor empeño de matarle, porque no sólo quebrantaba el sábado, sino que llamaba a Elohim su propio Padre, haciéndose a sí mismo igual a Elohim.
Yeshúa, pues, tomando la palabra, les decía: «En verdad, en verdad os digo: el Hijo no puede hacer nada por su cuenta, sino lo que ve hacer al Padre: lo que hace él, eso también lo hace igualmente el Hijo.
Porque el Padre quiere al Hijo y le muestra todo lo que él hace. Y le mostrará obras aún mayores que estas, para que os asombréis.
Porque, como el Padre resucita a los muertos y les da la vida, así también el Hijo da la vida a los que quiere.
Porque el Padre no juzga a nadie; sino que todo juicio lo ha entregado al Hijo,
para que todos honren al Hijo como honran al Padre. El que no honra al Hijo no honra al Padre que lo ha enviado.
En verdad, en verdad os digo: el que escucha mi Palabra y cree en el que me ha enviado, tiene vida eterna y no incurre en juicio, sino que ha pasado de la muerte a la vida.
En verdad, en verdad os digo: llega la hora (ya estamos en ella), en que los muertos oirán la voz del Hijo de Elohim, y los que la oigan vivirán.
Porque, como el Padre tiene vida en sí mismo, así también le ha dado al Hijo tener vida en sí mismo,
y le ha dado poder para juzgar, porque es Hijo del hombre.
No os extrañéis de esto: llega la hora en que todos los que estén en los sepulcros oirán su voz
y saldrán los que hayan hecho el bien para una resurrección de vida, y los que hayan hecho el mal, para una resurrección de juicio.
Y no puedo hacer nada por mi cuenta: juzgo según lo que oigo; y mi juicio es justo, porque no busco mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado.
«Si yo diera testimonio de mí mismo, mi testimonio no sería válido.
Otro es el que da testimonio de mí, y yo sé que es válido el testimonio que da de mí.
Vosotros mandasteis enviados donde Juan, y él dio testimonio de la verdad.
No es que yo busque testimonio de un hombre, sino que digo esto para que os salvéis.
El era la lámpara que arde y alumbra y vosotros quisisteis recrearos una hora con su luz.
Pero yo tengo un testimonio mayor que el de Juan; porque las obras que el Padre me ha encomendado llevar a cabo, las mismas obras que realizo, dan testimonio de mí, de que el Padre me ha enviado.
Y el Padre, que me ha enviado, es el que ha dado testimonio de mí. Vosotros no habéis oído nunca su voz, ni habéis visto nunca su rostro,
ni habita su palabra en vosotros, porque no creéis al que El ha enviado.
«Vosotros investigáis las escrituras, ya que creéis tener en ellas vida eterna; ellas son las que dan testimonio de mí;
y vosotros no queréis venir a mí para tener vida.
La gloria no la recibo de los hombres.
Pero yo os conozco: no tenéis en vosotros el amor de Elohim.
Yo he venido en nombre de mi Padre, y no me recibís; si otro viene en su propio nombre, a ése le recibiréis.
¿Cómo podéis creer vosotros, que aceptáis gloria unos de otros, y no buscáis la gloria que viene del único Elohim?
No penséis que os voy a acusar yo delante del Padre. Vuestro acusador es Moisés, en quién habéis puesto vuestra esperanza.
Porque, si creyerais a Moisés, me creeríais a mí, porque él escribió de mí.
Pero si no creéis en sus escritos, cómo vais a creer en mis palabras?»
Tehilim 102
Oración del afligido que, en su angustia, derrama su llanto ante Yahweh.
Yahweh, escucha mi oración, llegue hasta ti mi grito;
no ocultes lejos de mí tu rostro el día de mi angustia; tiende hacia mí tu oído, ¡el día en que te invoco, presto, respóndeme!
Pues mis días en humo se disipan, mis huesos arden lo mismo que un brasero;
trillado como el heno, mi corazón se seca, y me olvido de comer mi pan;
ante la voz de mis sollozos, mi piel a mis huesos se ha pegado.
Me parezco al búho del yermo, igual que la lechuza de las ruinas;
insomne estoy y gimo cual solitario pájaro en tejado;
me insultan todo el día mis enemigos, los que me alababan, me maldicen por mi nombre.
El pan que como es la ceniza, mi bebida mezclo con mis lágrimas,
ante tu cólera y tu enojo, pues tú me alzaste y después me has tirado:
mis días son como la sombra que declina, y yo me seco como el heno.
Mas tú, Yahweh, permaneces para siempre, y tu memoria de edad en edad.
Tú te alzarás, compadecido de Sión, pues es ya tiempo de apiadarte de ella, ha llegado la hora;
que están tus siervos encariñados de sus piedras y se compadecen de sus ruinas.
Y temerán las naciones el nombre de Yahweh, y todos los reyes de la tierra tu gloria;
cuando Yahweh reconstruya a Sión, y aparezca en su gloria,
volverá su rostro a la oración del despojado, su oración no despreciará.
Se escribirá esto para la edad futura, y en pueblo renovado alabará a Yahweh:
que se ha inclinado Yahweh desde su altura santa, desde los cielos ha mirado a la tierra,
para oír el suspiro del cautivo, para librar a los hijos de la muerte.
Para pregonar en Sión el nombre de Yahweh, y su alabanza en Jerusalén,
cuando a una se congreguen los pueblos, y los reinos para servir a Yahweh.
El ha enervado mi fuerza en el camino, ha abreviado mis días.
Digo: ¡Elohim mío, en la mitad de mis días no me lleves! ¡De edad en edad duran tus años!
Desde antiguo, fundaste tú la tierra, y los cielos son la obra de tus manos;
ellos perecen, mas tú quedas, todos ellos como la ropa se desgastan, como un vestido los mudas tú, y se mudan.
Pero tú siempre el mismo, no tienen fin tus años.
Los hijos de tus siervos tendrán una morada, y su estirpe ante ti subsistirá.

