Parashot 15 de octubre 2022
Ester 16, 1ra Macabeos 1, Hechos 19–20 y Tehilim 120
Ester 16
He aquí el texto de la carta: «El gran rey Asuero, a los sátrapas de las 127 provincias comprendidas entre la India y Etiopía, y a todos nuestros fieles súbditos, salud:
Hay muchos que, cuanto más abundantes favores reciben de sus bienhechores, tanto más se dejan arrastrar por el orgullo.
Y no contentos con tramar la perdición de nuestros súbditos, e incapaces ya de poner límites a su insolencia, llegan a conspirar contra sus propios bienhechores;
y no sólo hacen desaparecer la gratitud de entre los hombres, sino que, envanecidos con la jactancia de los que obran el mal, se imaginan que podrán escapar a la justicia de Yahweh, que odia toda maldad y a la que nada se oculta.
Sucede con frecuencia, a muchos de los que detentan la autoridad, que, por haberse dejado influenciar por sus amigos, y haber dejado en sus manos la administración de los negocios, se han hecho cómplices de sangre inocente, y se han visto arrastrados a desgracias irremediables,
pues con perversos razonamientos, nacidos de su maldad, consiguieron engañar la natural nobleza de sentimientos de las autoridades.
Y no es necesario, para comprobar todo esto, acudir a las antiguas historias que acabamos de mencionar, sino que basta con observar lo que en nuestra misma presencia lleva a cabo la pestilente ralea de los que indignamente detentan el poder.
En consecuencia, nos proponemos procurar, en lo sucesivo, paz y tranquilidad para todos los hombres de nuestro reino,
haciendo los cambios oportunos y juzgando las cosas que se nos expongan con espíritu abierto y benevolente.
Porque, en efecto, Amán, hijo de Hamdatá, macedonio y, a la verdad, extraño a la raza de los persas y muy alejado de nuestra benevolencia,
fue recibido por nosotros como huésped y tratado con aquella humanidad que nosotros usamos con todos los pueblos, a tal punto que era públicamente llamado «nuestro padre» y había obtenido el segundo puesto en el reino; todos se postraban ante él;
pero dominado por su orgullo, intentó arrebatarnos el poder y la vida.
Comenzó pidiéndonos, con toda suerte de falaces argumentos, la muerte de Mardoqueo, nuestro salvador y bienhechor continuo, la de Ester, irreprochable compañera de nuestro reino, y la de todo su pueblo,
para aislarnos por este medio y poder entregar a los macedonios el dominio de los persas.
Pero nosotros hemos comprobado que los judíos, condenados al exterminio por aquel hombre tres veces criminal, no son malhechores, sino que se gobiernan por leyes enteramente justas;
y que son hijos del Altísimo, del gran Yahweh vivo, que, para bien nuestro y de nuestros padres, mantiene el reino en el más floreciente estado.
Haréis, pues, bien no teniendo en cuenta las cartas que os ha enviado Amán, hijo de Hamdatá,
atendido que el autor de ellas ha sido colgado, con toda su familia, a las puertas de Susa: castigo merecido que, sin tardar, le ha enviado Yahweh, Señor universal.
Poned una copia de esta carta en todo lugar público y dejad que los judíos se rijan libremente por sus leyes;
prestadles ayuda para que puedan rechazar a cuantos les ataquen el día designado para su destrucción, es decir, el día trece del mes doce, el mes de Adar,
porque el Yahweh, Señor universal, ha mudado en gozo el día destinado a la destrucción y al exterminio de la raza elegida.
Cuanto a vosotros, judíos, celebraréis con toda suerte de regocijos este día insigne, como una de vuestras solemnidades,
para que ahora y en el futuro sea salvación para vosotros y para los persas de buena voluntad; y a los que se conjuran contra vosotros les sirva de recuerdo de su ruina.
Cualquier ciudad, o, en general, cualquier provincia que no se conformare a esto, será implacablemente aniquilada a lanza y fuego, y no sólo será inhabitable para los hombres, sino también odiosa por siempre para las bestias y las aves.»
I Macabeos 1
Alejandro de Macedonia, hijo de Filipo, partió de su país y derrotó a Darío, rey de los persas y los medos, y reinó en lugar de él; primeramente fue rey de Grecia.
Emprendió muchas guerras, se apoderó de ciudades fortificadas, mató a varios reyes de la región,
llegó hasta los lugares más apartados de la tierra y saqueó muchas naciones. Después, toda la tierra quedó en paz bajo su dominio, y Alejandro se llenó de orgullo y soberbia.
Luego de haber reunido un poderosísimo ejército, sometió provincias, naciones y gobernantes, y los obligó a pagarle tributo.
Pero al fin cayó enfermo; y presintiendo que iba a morir,
llamó a sus generales más ilustres, que se habían educado con él desde jóvenes, y antes de morir les repartió su reino.
Después de un reinado de doce años, Alejandro murió.
Entonces sus generales tomaron el poder, cada uno en su propia región,
y tras la muerte de Alejandro fueron coronados como reyes, lo mismo que sus descendientes después de ellos, durante muchos años, y así llenaron de calamidades la tierra.
De esa raíz salió un retoño, el malvado Antíoco Epífanes, hijo del rey Antíoco, que había estado como rehén en Roma y empezó a reinar el año ciento treinta y siete de la dominación griega.
Por aquel tiempo aparecieron en Israel renegados que engañaron a muchos diciéndoles: «Hagamos un pacto con las naciones que nos rodean, porque desde que nos separamos de ellas nos han venido muchas calamidades.»
A algunos del pueblo les gustó esto,
y se animaron a ir al rey, y éste les dio autorización para seguir las costumbres paganas.
Construyeron un gimnasio en Jerusalén, como acostumbran los paganos;
se hicieron operaciones para ocultar la circuncisión, renegando así de la alianza sagrada; se unieron a los paganos y se vendieron para practicar el mal.
Al ver Antíoco que su reino estaba firme, decidió apoderarse de Egipto para ser rey de los dos países.
Así pues, invadió a Egipto con un poderoso ejército, con carros, elefantes y una gran flota,
y atacó al rey Tolomeo, el cual retrocedió ante él y huyó dejando muchos muertos en el campo.
Antíoco ocupó las ciudades fortificadas de Egipto y saqueó el país.
Después de esta victoria sobre Egipto, en el año ciento cuarenta y tres, Antíoco se puso en marcha con un poderoso ejército contra Israel, y llegó a Jerusalén.
Entró con arrogancia en el santuario y se apoderó del altar de oro, del candelabro con todos sus accesorios,
de la mesa para los panes sagrados, de las copas, las tazas, los cucharones de oro, el velo y las coronas, y arrancó todo el enchapado de oro que adornaba la fachada del templo.
Se apoderó también de la plata, el oro, los utensilios preciosos y los tesoros escondidos, los cuales logró encontrar.
Con todas esas cosas se fue a su país. También mató a mucha gente y habló con grandísima insolencia.
En todo Israel hubo una gran tristeza;
los jefes y los ancianos lanzaban ayes de dolor, las muchachas y los jóvenes perdieron su vigor, desapareció la belleza de las mujeres.
Los recién casados entonaban lamentaciones, las novias guardaban luto, sentadas en sus alcobas.
La tierra entera se conmovió al ver la suerte de sus habitantes; todo el pueblo de Jacob se vio cubierto de deshonra.
Dos años más tarde, el rey envió a las ciudades de Judea a un funcionario encargado de cobrar los impuestos, el cual llegó a Jerusalén con un poderoso ejército;
con intención de engañar a los habitantes les habló en son de paz, y ellos le creyeron. Pero de repente se lanzó sobre la ciudad, descargó sobre ella un terrible golpe, matando a muchos israelitas,
y después de saquearla la incendió y destruyó las casas y la muralla que la rodeaba.
Sus hombres se llevaron cautivos a las mujeres y a los niños, y se apoderaron del ganado.
Alrededor de la Ciudad de David construyeron una muralla alta y fuerte, con torres fortificadas, y la convirtieron en ciudadela.
Pusieron en ella a paganos impíos y a judíos renegados, que se fortificaron allí.
Almacenaron armas y provisiones, y guardaron allí las cosas que habían robado en Jerusalén. Allí se pusieron al acecho.
Fue un peligro para el santuario y una constante amenaza para Israel.
Derramaron sangre inocente alrededor del santuario, y lo profanaron.
Por temor a ellos huyeron los habitantes de Jerusalén; la ciudad se convirtió en residencia de extranjeros, sus propios hijos llegaron a ser extraños en ella y tuvieron que abandonarla.
El templo quedó en ruinas y desierto, las fiestas se volvieron días de tristeza, los sábados fueron causa de vergüenza, y el honor de la ciudad se convirtió en ignominia.
Como fue de grande su gloria, así de grande fue su humillación. Su altivez quedó convertida en tristeza.
El rey publicó entonces en todo su reino un decreto que ordenaba a todos formar un solo pueblo,
abandonando cada uno sus costumbres propias. Todas las otras naciones obedecieron la orden del rey,
y aun muchos israelitas aceptaron la religión del rey, ofrecieron sacrificios a los ídolos y profanaron el shabat.
Por medio de mensajeros, el rey envió a Jerusalén y demás ciudades de Judea decretos que obligaban a seguir costumbres extrañas en el país
y que prohibían ofrecer holocaustos, sacrificios y ofrendas en el santuario, que hacían profanar el shabat, las fiestas,
el santuario y todo lo que era sagrado;
que mandaban construir altares, templos y capillas para el culto idolátrico, así como sacrificar cerdos y otros animales impuros,
dejar sin circuncidar a los niños y mancharse con toda clase de cosas impuras y profanas,
olvidando la ley y cambiando todos los mandamientos.
Aquel que no obedeciera las órdenes del rey, sería condenado a muerte.
51 Esta orden fue enviada por escrito a todo su reino; además, el rey nombró inspectores para todo el pueblo, y dio orden de que en cada una de las ciudades de Judea se ofrecieran sacrificios.
52 Muchos judíos, traicionando la ley, acudieron a cumplir estas órdenes; con su perversa manera de proceder
53 obligaron a los verdaderos israelitas a esconderse en toda clase de refugios.
54 El día quince del mes de Quisleu del año ciento cuarenta y cinco, el rey cometió un horrible sacrilegio, pues construyó un altar pagano encima del altar de los holocaustos. Igualmente, se construyeron altares en las demás ciudades de Judea.
55 En las puertas de las casas y en las calles se ofrecía incienso.
56 Destrozaron y quemaron los libros de la ley que encontraron,
57 y si a alguien se le encontraba un libro de la alianza de Dios, o alguno simpatizaba con la ley, se le condenaba a muerte, según el decreto del rey.
58 Así, usando de la fuerza, procedía esa gente mes tras mes contra los israelitas que encontraban en las diversas ciudades.
59 El día veinticinco de cada mes se ofrecían sacrificios en el altar pagano que estaba sobre el altar de los holocaustos.
60 De acuerdo con el decreto, a las mujeres que habían hecho circuncidar a sus hijos, las mataron
61 con sus niños colgados del cuello, y mataron también a sus familiares y a los que habían hecho la circuncisión.
62 Sin embargo, hubo muchos israelitas que tuvieron la fuerza y el valor para negarse a comer alimentos impuros.
63 Prefirieron morir antes que profanarse comiendo tales alimentos y violar la alianza sagrada; y, en efecto, murieron.
64 Fueron días de terribles calamidades para Israel.
Hechos 19
Mientras Apolo estaba en Corinto, Pablo atravesó las regiones altas y llegó a Efeso donde encontró algunos discípulos;
les preguntó: «¿Recibisteis el Ruaj HaKodesh cuando abrazasteis la fe?» Ellos contestaron: «Pero si nosotros no hemos oído decir siquiera que exista el Ruaj HaKodesh»
Él replicó: «¿Pues qué bautismo habéis recibido?» — «El bautismo de Juan», respondieron.
Pablo añadió: «Juan bautizó con un bautismo de conversión, diciendo al pueblo que creyesen en el que había de venir después de él, o sea en Yeshúa.»
Cuando oyeron esto, fueron bautizados en el nombre del Señor Yeshúa.
Y, habiéndoles Pablo impuesto las manos, vino sobre ellos el Ruaj HaKodesh y se pusieron a hablar en lenguas y a profetizar.
Eran en total unos doce hombres.
Entró en la sinagoga y durante tres meses hablaba con valentía, discutiendo acerca del Reino de Yahweh e intentando convencerles.
Pero como algunos, obstinados e incrédulos, hablaban mal del Camino ante la gente, rompió con ellos y formó grupo aparte con los discípulos; y diariamente les hablaba en la escuela de Tirano.
Esto duró dos años, de forma que pudieron oír la Palabra del Señor todos los habitantes de Asia, tanto judíos como griegos.
Yahweh obraba por medio de Pablo milagros no comunes,
de forma que bastaba aplicar a los enfermos los pañuelos o mandiles que había usado y se alejaban de ellos las enfermedades y salían los espíritus malos.
Algunos exorcistas judíos ambulantes intentaron también invocar el nombre del Señor Yeshúa sobre los que tenían espíritus malos, y decían: «Os conjuro por Yeshúa a quien predica Pablo.»
Eran siete hijos de un tal Esceva, sumo sacerdote judío, los que hacían esto.
Pero el espíritu malo les respondió: «A Yeshúa le conozco y sé quién es Pablo; pero vosotros, ¿quiénes sois?»
Y arrojándose sobre ellos el hombre poseído del mal espíritu, dominó a unos y otros y pudo con ellos de forma que tuvieron que huir de aquella casa desnudos y cubiertos de heridas.
Llegaron a enterarse de esto todos los habitantes de Efeso, tanto judíos como griegos. El temor se apoderó de todos ellos y fue glorificado el nombre del Señor Yeshúa.
Muchos de los que habían creído venían a confesar y declarar sus prácticas.
Bastantes de los que habían practicado la magia reunieron los libros y los quemaron delante de todos. Calcularon el precio de los libros y hallaron que subía a 50.000 monedas de plata.
De esta forma la Palabra del Señor crecía y se robustecía poderosamente.
Después de estos sucesos, Pablo tomó la decisión de ir a Jerusalén pasando por Macedonia y Acaya. Y decía: «Después de estar allí he de visitar también Roma.»
Envió a Macedonia a dos de sus auxiliares, Timoteo y Erasto, mientras él se quedaba algún tiempo en Asia.
Por entonces se produjo un tumulto no pequeño con motivo del Camino.
Cierto platero, llamado Demetrio, que labraba en plata templetes de Artemisa y proporcionaba no pocas ganancias a los artífices,
reunió a éstos y también a los obreros de este ramo y les dijo: «Compañeros, vosotros sabéis que a esta industria debemos el bienestar;
pero estáis viendo y oyendo decir que no solamente en Efeso, sino en casi toda el Asia, ese Pablo persuade y aparta a mucha gente, diciendo que no son dioses los que se fabrican con las manos.
Y esto no solamente trae el peligro de que nuestra profesión caiga en descrédito, sino también de que el templo de la gran diosa Artemisa sea tenido en nada y venga a ser despojada de su grandeza aquella a quien adora toda el Asia y toda la tierra.»
Al oír esto, llenos de furor se pusieron a gritar: «¡Grande es la Artemisa de los efesios!»
La ciudad se llenó de confusión. Todos a una se precipitaron en el teatro arrastrando consigo a Gayo y a Aristarco, macedonios, compañeros de viaje de Pablo.
Pablo quiso entrar y presentarse al pueblo, pero se lo impidieron los discípulos.
Incluso algunos asiarcas, que eran amigos suyos, le enviaron a rogar que no se arriesgase a ir al teatro.
Unos girtaban una cosa y otros otra. Había gran confusión en la asamblea y la mayoría no sabía por qué se habían reunido.
Algunos de entre la gente aleccionaron a Alejandro a quien los judíos habían empujado hacia delante. Alejandro pidió silencio con la mano y quería dar explicaciones al pueblo.
Pero al conocer que era judío, todos a una voz se pusieron a gritar durante casi dos horas: «¡Grande es la Artemisa de los efesios!»
Cuando el magistrado logró calmar a la gente, dijo: «Efesios, ¿quién hay que no sepa que la ciudad de los efesios es la guardiana del templo de la gran Artemisa y de su estatua caída del cielo?
Siendo, pues, esto indiscutible, conviene que os calméis y no hagáis nada inconsideradamente.
Habéis traído acá a estos hombres que no son sacrílegos ni blasfeman contra nuestra diosa.
Si Demetrio y los artífices que le acompañan tienen quejas contra alguno, audiencias y procónsules hay; que presenten sus reclamaciones.
Y si tenéis algún otro asunto, se resolverá en la asamblea legal.
Porque, además, corremos peligro de ser acusados de sedición por lo de hoy, no existiendo motivo alguno que nos permita justificar este tumulto.» Dicho esto disolvió la asamblea.
Hechos 20
Cuando hubo cesado el tumulto, Pablo mandó llamar a los discípulos, los animó, se despidió de ellos y salió camino de Macedonia.
Recorrió aquellas regiones y exhortó a los fieles con largos discursos; después marchó a Grecia.
Pasó allí tres meses. Los judíos tramaron una conjuración contra él cuando estaba a punto de embarcarse para Siria; entonces él tomó la determinación de volver por Macedonia.
Le acompañaban Sópatros, hijo de Pirro, de Berea; Aristarco y Segundo, de Tesalónica; Gayo, de Doberes, y Timoteo; Tíquico y Trófimo, de Asia.
Estos se adelantaron y nos esperaron en Tróada.
Nosotros, después de los días de los Azimos, nos embarcamos en Filipos y al cabo de cinco días nos unimos a ellos en Tróada donde pasamos siete días.
El primer día de la semana, estando nosotros reunidos para la fracción del pan, Pablo, que debía marchar al día siguiente, conversaba con ellos y alargó la charla hasta la media noche.
Había abundantes lámparas en la estancia superior donde estábamos reunidos.
Un joven, llamado Eutico, estaba sentado en el borde de la ventana; un profundo sueño le iba dominando a medida que Pablo alargaba su discurso. Vencido por el sueño se cayó del piso tercero abajo. Lo levantaron ya cadáver.
Bajó Pablo, se echó sobre él y tomándole en sus brazos dijo: «No os inquietéis, pues su alma está en él.»
Subió luego; partió el pan y comió; después platicó largo tiempo, hasta el amanecer. Entonces se marchó.
Trajeron al muchacho vivo y se consolaron no poco.
Nosotros nos adelantamos a tomar la nave y partimos hacia Asso, donde habíamos de recoger a Pablo; así lo había él determinado; él iría por tierra.
Cuando nos alcanzó en Asso, le tomamos a bordo y llegamos a Mitilene.
Al día siguiente nos hicimos a la mar y llegamos a la altura de Quíos; al otro día atracamos en Samos y, después de hacer escala en Trogilión, llegamos al día siguiente a Mileto.
Pablo había resuelto pasar de largo por Efeso, para no perder tiempo en Asia. Se daba prisa, porque quería estar, si le era posible, el día de Pentecostés en Jerusalén.
Desde Mileto envió a llamar a los presbíteros de la Iglesia de Efeso.
Cuando llegaron donde él, les dijo: «Vosotros sabéis cómo me comporté siempre con vosotros, desde el primer día que entré en Asia,
sirviendo al Señor con toda humildad y lágrimas y con las pruebas que me vinieron por las asechanzas de los judíos;
cómo no me acobardé cuando en algo podía seros útil; os predicaba y enseñaba en público y por las casas,
dando testimonio tanto a judíos como a griegos para que se convirtieran a Yahweh y creyeran en nuestro Señor Yeshúa.
«Mirad que ahora yo, encadenado en el espíritu, me dirijo a Jerusalén, sin saber lo que allí me sucederá;
solamente sé que en cada ciudad el Ruaj HaKodesh me testifica que me aguardan prisiones y tribulaciones.
Pero yo no considero mi vida digna de estima, con tal que termine mi carrera y cumpla el ministerio que he recibido del Señor Yeshúa, de dar testimonio del Evangelio de la gracia de Yahweh.
«Y ahora yo sé que ya no volveréis a ver mi rostro ninguno de vosotros, entre quienes pasé predicando el Reino.
Por esto os testifico en el día de hoy que yo estoy limpio de la sangre de todos,
pues no me acobardé de anunciaros todo el designio de Yahweh.
«Tened cuidado de vosotros y de toda la grey, en medio de la cual os ha puesto el Ruaj HaKodesh como vigilantes para pastorear la Iglesia de Yahweh, que él se adquirió con la sangre de su propio hijo.
«Yo sé que, después de mi partida, se introducirán entre vosotros lobos crueles que no perdonarán al rebaño;
y también que de entre vosotros mismos se levantarán hombres que hablarán cosas perversas, para arrastrar a los discípulos detrás de sí.
Por tanto, vigilad y acordaos que durante tres años no he cesado de amonestaros día y noche con lágrimas a cada uno de vosotros.
«Ahora os encomiendo a Yahweh y a la Palabra de su gracia, que tiene poder para construir el edificio y daros la herencia con todos los santificados.
«Yo de nadie codicié plata, oro o vestidos.
Vosotros sabéis que estas manos proveyeron a mis necesidades y a las de mis compañeros.
En todo os he enseñado que es así, trabajando, como se debe socorrer a los débiles y que hay que tener presentes las palabras del Señor Yeshúa, que dijo: Mayor felicidad hay en dar que en recibir.»
Dicho esto se puso de rodillas y oro con todos ellos.
Rompieron entonces todos a llorar y arrojándose al cuello de Pablo, le besaban,
afligidos sobre todo por lo que había dicho: que ya no volverían a ver su rostro. Y fueron acompañandole hasta la nave.
Tehilim 120
Canción de las subidas. Hacia Yahweh, cuando en angustias me encontraba, clamé, y él me respondió.
¡Yahweh, libra mi alma del labio mentiroso, de la lengua tramposa!
¿Qué te dará y qué te añadirá, lengua tramposa?
¡Flechas de guerrero afiladas con brasas de retama!
¡Qué desgracia para mí vivir en Mések, morar en las tiendas de Quedar!
Harto ha vivido ya mi alma con los que odian la paz.
Que si yo hablo de paz, ellos prefieren guerra.

