Parashot 20 de agosto 2022
Judit 16, Ester 1, Hechos 3–4 y Tehilim 112
¡Alabad a Elohim con tamboriles, elevad cantos al Señor con címbalos, ofrecedle los acordes de un salmo de alabanza, ensalzad e invocad su Nombre!
Porque el Señor es un Elohim quebrantador de guerras, porque en sus campos, en medio de su pueblo me arrancó de la mano de mis perseguidores.
Vinieron los asirios de los montes del norte, vinieron con tropa innumerable; su muchedumbre obstruía los torrentes, y sus caballos cubrían las colinas.
Hablaba de incendiar mis tierras, de pasar mis jóvenes a espada, de estrellar contra el suelo a los lactantes, de entregar como botín a mis niños y de dar como presa a mi doncellas.
El Señor Omnipotente por mano de mujer los anuló.
Que no fue derribado su caudillo por jóvenes guerreros, ni le hirieron hijos de Titanes, ni altivos gigantes le vencieron; le subyugó Judit, hija de Merarí, con sólo la hermosura de su rostro.
Se despojó de sus vestidos de viudez, para exaltar a los afligidos de Israel; ungió su rostro de perfumes,
prendió con una cinta sus cabellos, ropa de lino vistió para seducirle.
La sandalia de ella le robó los ojos, su belleza cautivóle el alma ¡y la cimitarra atravesó su cuello!
Se estremecieron los persas por su audacia, se turbaron los medos por su temeridad.
Entonces clamaron mis humildes, y ellos temieron; clamaron mis débiles y ellos quedaron aterrados; alzaron su voz éstos, y ellos se dieron a la fuga.
Hijos de jovenzuelas los asaetearon, como a hijos de desertores los hirieron, perdieron en la batalla contra mi Señor.
Cantaré a mi Elohim un cantar nuevo: «¡Tú eres grande, Señor, eres glorioso, admirable en poder e insuperable!»
Sírvante a ti las criaturas todas, pues hablaste tú y fueron hechas, enviaste tu espíritu y las hizo, y nadie puede resitir tu voz.
Pues los montes, desde sus cimientos, serán sacudidos con las aguas; las rocas en tu presencia se fundirán como cera; pero con aquellos que te temen, te muestras tú siempre propicio.
Porque es muy poca cosa todo sacrificio de calmante aroma, y apenas es nada la grasa para serte ofrecida en holocausto. Mas quien teme al Señor será grande para siempre.
¡Ay de las naciones que se alzan contra mi raza! El Señor Omnipotente les dará el castigo en el día del juicio. Entregará sus cuerpos al fuego y a los gusanos, y gemirán en dolor eternamente.
Cuando llegaron a Jerusalén, adoraron a Elohim, y una vez purificado el pueblo, ofrecieron sus holocaustos, sus ofrendas voluntarias y sus regalos.
Judit ofreció todo el mobiliario de Holofernes, que el pueblo le había concedido, y entregó a Elohim en anatema las colgaduras que ella misma había tomado del dormitorio de Holofernes.
Durante tres meses permaneció el pueblo en Jerusalén, celebrando festejos delante de santuario. También Judit estaba presente.
Pasados aquellos días, se volvió cada uno a su heredad. Judit regresó a Betulia, donde vivió disfrutando de su hacienda; fue en su tiempo muy famosa en toda aquella tierra.
Muchos la pretendieron, pero ella no tuvo relaciones con ningún hombre en toda su vida, desde que su marido Manasés murió y fue a reunirse con su pueblo.
Vivió hasta la avanzada edad de 105 años, transcurriendo su ancianidad en casa de su marido. A su sierva le concedió la libertad. Murió en Betulia y fue sepultada en la caverna de su marido Manasés.
La casa de Israel la lloró durante siete días. Antes de morir, distribuyó su hacienda entre los parientes de su marido Manasés y entre sus propios parientes.
Nadie ya atemorizó a los israelitas mientras vivió Judit, ni en mucho tiempo después de su muerte.
Ester 1
En tiempo del rey Asuero, el que reinó desde la India hasta Etiopía sobre 127 provincias,
en aquellos días, estando el rey sentado en el trono real, en la ciudadela de Susa,
en el año tercero de su reinado, ofreció un banquete en su presencia a todos sus servidores: a jefes del ejército de los persas y los medos, a los nobles y a los gobernadores de las provincias.
Les hizo ver la riqueza y la gloria de su reino y del magnífico esplendor de su grandeza durante muchos días, durante 180 días.
Cumplido aquel plazo, ofreció el rey a todos los que se hallaban en la ciudadela de Susa, desde el mayor al más pequeño, un banquete de siete días en el patio del jardín del palacio real.
Había colgaduras de lino fino, de lana y de púrpura violeta, fijadas, por medio de cordones de lino y púrpura, en anillas de plata sujetas a columnas de mármol blanco; lechos de oro y plata sobre un pavimento de pórfido, mármol, nácar y mosaicos.
Se bebía en copas de oro de formas diversas y el vino ofrecido por el rey corría con regia abundancia.
Cuanto a la bebida, a nadie se le obligaba, pues así lo había mandado el rey a los oficiales de su casa, para que cada cual hiciese lo que quisiera.
También la reina Vastí ofreció un banquete a las mujeres en el palacio del rey Asuero.
El día séptimo, alegre por el vino el corazón del rey, mandó a Mehumán, a Bizzetá, a Jarboná, a Bigtá, a Abagtá, a Zetar y a Karkás, los siete eunucos que estaban al servicio del rey Asuero,
que hicieran venir a la reina Vastí a presencia del rey, con diadema real, para que vieran las gentes y los jefes su belleza, porque, en efecto, era muy bella.
Pero la reina Vastí se negó a cumplir la orden del rey transmitida por los eunucos; se irritó el rey muchísimo y, ardiendo en ira,
llamó a los sabios entendidos en la ciencia de las leyes, pues los asuntos reales se discuten en presencia de los conocedores de la ley y el derecho;
hizo, pues, venir a Karsená, Setar, Admatá, Tarsis, Meres, Marsená y Memukán, los siete jefes de los persas y los medos que eran admitidos a la presencia del rey y ocupaban los primeros puestos del reino,
y les dijo: «¿Qué debe hacerse, según la ley, a la reina Vastí, por no haber obedecido la orden del rey Asuero, transmitida por los eunucos?»
Respondió Memukán en presencia del rey y de los jefes: «La reina Vastí no ha ofendido solamente al rey, sino a todos los jefes y a todos los pueblos de todas las provincias del rey Asuero.
Porque se correrá el caso de la reina entre todas las mujeres y hará que pierdan estima a sus maridos, pues dirán: “El rey Asuero mandó hacer venir a su presencia a la reina Vastí, pero ella no fue.”
Y a partir de hoy, las princesas de los persas y los medos, que conozcan la conducta de la reina, hablarán de ello a los jefes del rey y habrá menosprecio y altercados.
Si al rey le parece bien, publíquese, de su parte, e inscríbase en las leyes de los persas y los medos, para que no sea traspasado, este decreto: que no vuelva Vastí a presencia del rey Asuero. Y dé el rey el título de reina a otra mejor que ella.
El acuerdo tomado por el rey será conocido en todo el reino, a pesar de ser tan grande, y todas las mujeres honrarán a sus maridos, desde el mayor al más pequeño.»
Pareció bueno el consejo al rey y a los jefes, y el rey llevó a efecto la palabra de Memukán.
Envió el rey cartas a todas las provincias, a cada provincia según su escritura, y a cada pueblo según su lengua, para que todo marido fuese señor de su casa.
Hechos 3
Pedro y Juan subían al Templo para la oración de la hora nona.
Había un hombre, tullido desde su nacimiento, al que llevaban y ponían todos los días junto a la puerta del Templo llamada Hermosa para que pidiera limosna a los que entraban en el Templo.
Este, al ver a Pedro y a Juan que iban a entrar en el Templo, les pidió una limosna.
Pedro fijó en él la mirada juntamente con Juan, y le dijo: «Míranos.»
El les miraba con fijeza esperando recibir algo de ellos.
Pedro le dijo: «No tengo plata ni oro; pero lo que tengo, te doy: en nombre de Yeshúa, el Nazoreo, ponte a andar.»
Y tomándole de la mano derecha le levantó. Al instante cobraron fuerza sus pies y tobillos,
y de un salto se puso en pie y andaba. Entró con ellos en el Templo andando, saltando y alabando a Elohim.
Todo el pueblo le vio cómo andaba y alababa a Elohim;
le reconocían, pues él era el que pedía limosma sentado junto a la puerta Hermosa del Templo. Y se quedaron llenos de estupor y asombro por lo que había sucedido.
Como él no soltaba a Pedro y a Juan, todo el pueblo, presa de estupor, corrió donde ellos al pórtico llamado de Salomón.
Pedro, al ver esto, se dirigió al pueblo: «Israelitas, ¿por qué os admiráis de esto, o por qué nos miráis fijamente, como si por nuestro poder o piedad hubiéramos hecho caminar a éste?
El Elohim de Abraham, de Isaac y de Jacob, el Elohim de nuestros padres, ha glorificado a su siervo Yeshúa, a quien vosotros entregasteis y de quien renegasteis ante Pilato, cuando éste estaba resuelto a ponerle en libertad.
Vosotros renegasteis del Santo y del Justo, y pedisteis que se os hiciera gracia de un asesino,
y matasteis al Jefe que lleva a la Vida. Pero Elohim le resucitó de entre los muertos, y nosotros somos testigos de ello.
Y por la fe en su nombre, este mismo nombre ha restablecido a éste que vosotros veis y conocéis; es, pues, la fe dada por su medio la que le ha restablecido totalmente ante todos vosotros.
«Ya sé yo, hermanos, que obrasteis por ignorancia, lo mismo que vuestros jefes.
Pero Elohim dio cumplimiento de este modo a lo que había anunciado por boca de todos los profetas: que su Mashiaj padecería.
Arrepentíos, pues, y convertíos, para que vuestros pecados sean borrados,
a fin de que del Señor venga el tiempo de la consolación y envíe al Mashiaj que os había sido destinado, a Yeshúa,
a quien debe retener el cielo hasta el tiempo de la restauración universal, de que Elohim habló por boca de sus santos profetas.
Moisés efectivamente dijo: El Señor Elohim os suscitará un profeta como yo de entre vuestros hermanos; escuchadle todo cuanto os diga.
Todo el que no escuche a ese profeta, sea exterminado del pueblo.
Y todos los profetas que desde Samuel y sus sucesores han hablado, anunciaron también estos días.
«Vosotros sois los hijos de los profetas y de la alianza que Elohim estableció con vuestros padres al decir a Abraham: En tu descendencia serán bendecidas todas las familias de la tierra.
Para vosotros en primer lugar ha resucitado Elohim a su Siervo y le ha enviado para bendeciros, apartándoos a cada uno de vuestras iniquidades.»
Hechos 4
Estaban hablando al pueblo, cuando se les presentaron los sacerdotes, el jefe de la guardia del Templo y los saduceos,
molestos porque enseñaban al pueblo y anunciaban en la persona de Yeshúa la resurrección de los muertos.
Les echaron mano y les pusieron bajo custodia hasta el día siguiente, pues había caído ya la tarde.
Sin embargo, muchos de los que oyeron la Palabra creyeron; y el número de hombres llegó a unos 5.000.
Al día siguiente se reunieron en Jerusalén sus jefes, ancianos y escribas,
el Sumo Sacerdote Anás, Caifás, Jonatán, Alejandro y cuantos eran de la estirpe de sumos sacerdotes.
Les pusieron en medio y les preguntaban: «¿Con qué poder o en nombre de quién habéis hecho vosotros eso?»
Entonces Pedro, lleno del Espíritu de santidad, les dijo: «Jefes del pueblo y ancianos,
puesto que con motivo de la obra realizada en un enfermo somos hoy interrogados por quién ha sido éste curado,
sabed todos vosotros y todo el pueblo de Israel que ha sido por el nombre de Yeshúa, el Nazoreo, a quien vosotros crucificasteis y a quien Elohim resucitó de entre los muertos; por su nombre y no por ningún otro se presenta éste aquí sano delante de vosotros.
El es la piedra que vosotros, los constructores, habéis despreciado y que se ha convertido en piedra angular.
Porque no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos.»
Viendo la valentía de Pedro y Juan, y sabiendo que eran hombres sin instrucción ni cultura, estaban maravillados. Reconocían, por una parte, que habían estado con Yeshúa;
y al mismo tiempo veían de pie, junto a ellos, al hombre que había sido curado; de modo que no podían replicar.
Les mandaron salir fuera del Sanedrín y deliberaban entre ellos.
Decían: «¿Qué haremos con estos hombres? Es evidente para todos los habitantes de Jerusalén, que ellos han realizado una señal manifiesta, y no podemos negarlo.
Pero a fin de que esto no se divulgue más entre el pueblo, amenacémosles para que no hablen ya más a nadie en este nombre.»
Les llamaron y les mandaron que de ninguna manera hablasen o enseñasen en el nombre de Yeshúa.
Mas Pedro y Juan les contestaron: «Juzgad si es justo delante de Elohim obedeceros a vosotros más que a Elohim.
No podemos nosotros dejar de hablar de lo que hemos visto y oído.»
Ellos, después de haberles amenazado de nuevo, les soltaron, no hallando manera de castigarles, a causa del pueblo, porque todos glorificaban a Elohim por lo que había occurrido,
pues el hombre en quien se había realizado esta señal de curación tenía más de cuarenta años.
Una vez libres, vinieron a los suyos y les contaron todo lo que les habían dicho los sumos sacerdotes y ancianos.
Al oírlo, todos a una elevaron su voz a Elohim y dijeron: «Señor, tú que hiciste el cielo y la tierra, el mar y todo lo que hay en ellos,
tú que has dicho por el Espíritu de santidad, por boca de nuestro padre David, tu siervo: ¿A qué esta agitación de las naciones, estos vanos proyectos de los pueblos?
Se han presentado los reyes de la tierra y los magistrados se han aliado contra el Señor y contra su Ungido.
«Porque verdaderamente en esta ciudad se han aliado Herodes y Poncio Pilato con las naciones y los pueblos de Israel contra tu santo siervo Yeshúa, a quien has ungido ,
para realizar lo que en tu poder y en tu sabiduría habías predeterminado que sucediera.
Y ahora, Señor, ten en cuenta sus amenazas y concede a tus siervos que puedan predicar tu Palabra con toda valentía,
extendiendo tu mano para realizar curaciones, señales y prodigios por el nombre de tu santo siervo Yeshúa.»
Acabada su oración, retembló el lugar donde estaban reunidos, y todos quedaron llenos del Espíritu de santidad y predicaban la Palabra de Elohim con valentía.
La multitud de los creyentes no tenía sino un solo corazón y una sola alma. Nadie llamaba suyos a sus bienes, sino que todo era en común entre ellos.
Los apóstoles daban testimonio con gran poder de la resurrección del Señor Yeshúa. Y gozaban todos de gran simpatía.
No había entre ellos ningún necesitado, porque todos los que poseían campos o casas los vendían, traían el importe de la venta,
y lo ponían a los pies de los apóstoles, y se repartía a cada uno según su necesidad.
José, llamado por los apóstoles Bernabé (que significa: «hijo de la exhortación»), levita y originario de Chipre,
tenía un campo; lo vendió, trajo el dinero y lo puso a los pies de los apóstoles.
Tehilim 112
¡Aleluya! ¡Dichoso el hombre que teme a Yahveh, que en sus mandamientos mucho se complace!
Fuerte será en la tierra su estirpe, bendita la raza de los hombres rectos.
Hacienda y riquezas en su casa, su justicia por siempre permanece.
En las tinieblas brilla, como luz de los rectos, tierno, clemente y justo.
Feliz el hombre que se apiada y presta, y arregla rectamente sus asuntos.
No, no será conmovido jamás, en memoria eterna permanece el justo;
no tiene que temer noticias malas, firme es su corazón, en Yahveh confiado.
Seguro está su corazón, no teme: al fin desafiará a sus adversarios.
Con largueza da a los pobres; su justicia por siempre permanece, su frente se levanta con honor.
Lo ve el impío y se enfurece, rechinando sus dientes, se consume. El afán de los impíos se pierde.

