Parashot 23 de noviembre 2024
Isaías 25-26, Lucas 24, Juan 1 y Tehilim 80
Isaías 25
Yahweh, tú eres mi Elohim, yo te ensalzo, alabo tu nombre, porque has hecho maravillas y planes muy de antemano que no fallan.
Porque has puesto la ciudad como un majano, y la villa fortificada, hecha como una ruina; el alcázar de orgullosos no es ya ciudad, y nunca será reedificado.
Por eso te glorificará un pueblo poderoso, villa de gentes despóticas te temerá.
Porque fuiste fortaleza para el débil, fortaleza para el pobre en su aprieto, parapeto contra el temporal, sombra contra el calor. Porque el aliento de los déspotas es como lluvia de invierno.
Como calor en sequedal humillarás el estrépito de los poderosos; como el calor a la sombra de una nube, el himno de los déspotas se debilitará.
Hará Yahweh Sebaot a todos los pueblos en este monte un convite de manjares frescos, convite de buenos vinos: manjares de tuétanos, vinos depurados;
consumirá en este monte el velo que cubre a todos los pueblos y la cobertura que cubre a todos los gentes;
consumirá a la Muerte definitivamente. Enjugará el Adon Yahweh las lágrimas de todos los rostros, y quitará el oprobio de su pueblo de sobre toda la tierra, porque Yahweh ha hablado.
Se dirá aquel día: «Ahí tenéis a nuestro Elohim: esperamos que nos salve; éste es Yahweh en quien esperábamos; nos regocijamos y nos alegramos por su salvación.»
Porque la mano de Yahweh reposará en este monte, Moab será aplastado en su sitio como se aplasta la paja en el muladar.
Extenderá en medio de él sus manos como las extiende el nadador al nadar, pero Yahweh abajará su altivez y el esfuerzo de sus manos.
La fortificación inaccesible de tus murallas derrocará, abajará, la hará tocar la tierra, hasta el polvo.
Isaías 26
Aquel día se cantará este cantar en tierra de Judá: «Ciudad fuerte tenemos; para protección se le han puesto murallas y antemuro.
Abrid las puertas, y entrará una gente justa que guarda fidelidad;
de ánimo firme y que conserva la paz, porque en ti confió.
Confiad en Yahweh por siempre jamás, porque en Yahweh tenéis una Roca eterna. Porque él derroca a los habitantes de los altos, a la villa inaccesible; la hace caer, la abaja hasta la tierra, la hace tocar el polvo;
la pisan pies, pies de pobres, pisadas de débiles.»
La senda del justo es recta; tú allanas la senda recta del justo.
Pues bien, en la senda de tus juicios te esperamos, Yahweh; tu nombre y tu recuerdo son el anhelo del alma.
Con toda mi alma te anhelo en la noche, y con todo mi espíritu por la mañana te busco. Porque cuando tú juzgas a la tierra, aprenden justicia los habitantes del orbe.
Aunque se haga gracia al malvado, no aprende justicia; en tierra recta se tuerce, y no teme la majestad de Yahweh.
Yahweh, alzada está tu mano, pero no la ven; verán tu celo por el pueblo y se avergonzarán, tu ira ardiente devorará a tus adversarios.
Yahweh, tú nos pondrás a salvo, que también llevas a cabo todas nuestras obras.
Yahweh, Elohim nuestro, nos han dominado otros señores fuera de ti, pero no recordaremos otro Nombre sino el tuyo.
Los muertos no vivirán, las sombras no se levantarán, pues los has castigado, los has exterminado y has borrado todo recuerdo de ellos.
Has aumentado la nación, Yahweh, has aumentado la nación y te has glorificado, has ampliado todos los límites del país.
Yahweh, en el aprieto de tu castigo te buscamos; la angustia de la opresión era tu castigo para nosotros.
Como cuando la mujer encinta está próxima al parto sufre, y se queja en su trance, así éramos nosotros delante de ti, Yahweh.
Hemos concebido, tenemos dolores como si diésemos a luz viento; pero no hemos traído a la tierra salvación, y no le nacerán habitantes al orbe.
Revivirán tus muertos, tus cadáveres resurgirán, despertarán y darán gritos de júbilo los moradores del polvo; porque rocío luminoso es tu rocío, y la tierra echará de su seno las sombras.
Vete, pueblo mío, entra en tus cámaras y cierra tu puerta tras de ti, escóndete un instante hasta que pase la ira.
Porque he ahí a Yahweh que sale de su lugar a castigar la culpa de todos los habitantes de la tierra contra él; descubre la tierra sus manchas de sangre y no tapa ya a sus asesinados."
Lucas 24
El primer día de la semana, muy de mañana, fueron al sepulcro llevando los aromas que habían preparado.
Pero encontraron que la piedra había sido retirada del sepulcro,
y entraron, pero no hallaron el cuerpo del Adon Yeshúa.
No sabían que pensar de esto, cuando se presentaron ante ellas dos hombres con vestidos resplandecientes.
Como ellas temiesen e inclinasen el rostro a tierra, les dijeron: «¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo?
No está aquí, ha resucitado. Recordad cómo os habló cuando estaba todavía en Galilea, diciendo:
"Es necesario que el Hijo del hombre sea entregado en manos de los pecadores y sea crucificado, y al tercer día resucite. "»
Y ellas recordaron sus palabras.
Regresando del sepulcro, anunciaron todas estas cosas a los Once y a todos los demás.
Las que decían estas cosas a los apóstoles eran María Magdalena, Juana y María la de Santiago y las demás que estaban con ellas.
Pero todas estas palabras les parecían como desatinos y no les creían.
Pedro se levantó y corrió al sepulcro. Se inclinó, pero sólo vio las vendas y se volvió a su casa, asombrado por lo sucedido.
Aquel mismo día iban dos de ellos a un pueblo llamado Emaús, que distaba sesenta estadios de Jerusalén,
y conversaban entre sí sobre todo lo que había pasado.
Y sucedió que, mientras ellos conversaban y discutían, el mismo Yeshúa se acercó y siguió con ellos;
pero sus ojos estaban retenidos para que no le conocieran.
El les dijo: «¿De qué discutís entre vosotros mientras vais andando?» Ellos se pararon con aire entristecido.
Uno de ellos llamado Cleofás le respondió: «¿Eres tú el único residente en Jerusalén que no sabe las cosas que estos días han pasado en ella?»
El les dijo: «¿Qué cosas?» Ellos le dijeron: «Lo de Yeshúa el Nazoreo, que fue un profeta poderoso en obras y palabras delante de Elohim y de todo el pueblo;
cómo nuestros sumos sacerdotes y magistrados le condenaron a muerte y le crucificaron.
Nosotros esperábamos que sería él el que iba a librar a Israel; pero, con todas estas cosas, llevamos ya tres días desde que esto pasó.
El caso es que algunas mujeres de las nuestras nos han sobresaltado, porque fueron de madrugada al sepulcro,
y, al no hallar su cuerpo, vinieron diciendo que hasta habían visto una aparición de ángeles, que decían que él vivía.
Fueron también algunos de los nuestros al sepulcro y lo hallaron tal como las mujeres habían dicho, pero a él no le vieron.»
El les dijo: «¡Oh insensatos y tardos de corazón para creer todo lo que dijeron los profetas!
¿No era necesario que el Mesias padeciera eso y entrara así en su gloria?»
Y, empezando por Moisés y continuando por todos los profetas, les explicó lo que había sobre él en todas las Escrituras.
Al acercarse al pueblo a donde iban, él hizo ademán de seguir adelante.
Pero ellos le forzaron diciéndole: «Quédate con nosotros, porque atardece y el día ya ha declinado.» Y entró a quedarse con ellos.
Y sucedió que, cuando se puso a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando.
Entonces se les abrieron los ojos y le reconocieron, pero él desapareció de su lado.
Se dijeron uno a otro: «¿No estaba ardiendo nuestro corazón dentro de nosotros cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?»
Y, levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén y encontraron reunidos a los Once y a los que estaban con ellos,
que decían: «¡Es verdad! ¡El Adon ha resucitado y se ha aparecido a Simón!»
Ellos, por su parte, contaron lo que había pasado en el camino y cómo le habían conocido en la fracción del pan.
Estaban hablando de estas cosas, cuando él se presentó en medio de ellos y les dijo: «La paz con vosotros.»
Sobresaltados y asustados, creían ver un espíritu.
Pero él les dijo: «¿Por qué os turbáis, y por qué se suscitan dudas en vuestro corazón?
Mirad mis manos y mis pies; soy yo mismo. Palpadme y ved que un espíritu no tiene carne y huesos como véis que yo tengo.»
Y, diciendo esto, los mostró las manos y los pies.
Como ellos no acabasen de creerlo a causa de la alegría y estuviesen asombrados, les dijo: «¿Tenéis aquí algo de comer?»
Ellos le ofrecieron parte de un pez asado.
Lo tomó y comió delante de ellos.
Después les dijo: «Estas son aquellas palabras mías que os hablé cuando todavía estaba con vosotros: "Es necesario que se cumpla todo lo que está escrito en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos acerca de mí."»
Y, entonces, abrió sus inteligencias para que comprendieran las Escrituras,
y les dijo: «Así está escrito que el Mesias padeciera y resucitara de entre los muertos al tercer día
y se predicara en su nombre la conversión para perdón de los pecados a todas las naciones, empezando desde Jerusalén.
Vosotros sois testigos de estas cosas.
«Mirad, y voy a enviar sobre vosotros la Promesa de mi Padre. Por vuestra parte permaneced en la ciudad hasta que seáis revestidos de poder desde lo alto.»
Los sacó hasta cerca de Betania y, alzando sus manos, los bendijo.
Y sucedió que, mientras los bendecía, se separó de ellos y fue llevado al cielo.
Ellos, después de postrarse ante él, se volvieron a Jerusalén con gran gozo,
y estaban siempre en el Templo bendiciendo a Elohim."
Juan 1
En el principio existía la Palabra y la Palabra estaba con Elohim, y la Palabra era Elohim.
Ella estaba en el principio con Elohim.
Todo se hizo por ella y sin ella no se hizo nada de cuanto existe.
En ella estaba la vida y la vida era la luz de los hombres,
y la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la vencieron.
Hubo un hombre, enviado por Elohim: se llamaba Juan.
Este vino para un testimonio, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por él.
No era él la luz, sino quien debía dar testimonio de la luz.
La Palabra era la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo.
En el mundo estaba, y el mundo fue hecho por ella, y el mundo no la conoció.
Vino a su casa, y los suyos no la recibieron.
Pero a todos los que la recibieron les dio poder de hacerse hijos de Elohim, a los que creen en su nombre;
la cual no nació de sangre, ni de deseo de hombre, sino que nació de Elohim.
Y la Palabra se hizo carne, y puso su Morada entre nosotros, y hemos contemplado su gloria, gloria que recibe del Abba como Hijo único, lleno de gracia y de verdad.
Juan da testimonio de él y clama: «Este era del que yo dije: El que viene detrás de mí se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo.»
Pues de su plenitud hemos recibido todos, y gracia por gracia.
Porque la Ley fue dada por medio de Moisés; la gracia y la verdad nos han llegado por Yeshúa.
A Elohim nadie le ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, él lo ha contado.
Y este fue el testimonio de Juan, cuando los judíos enviaron donde él desde Jerusalén sacerdotes y levitas a preguntarle: «¿Quién eres tú?»
El confesó, y no negó; confesó: «Yo no soy el Mesias.»
Y le preguntaron: «¿Qué, pues? ¿Eres tú Elías?» El dijo: «No lo soy.» - «¿Eres tú el profeta?» Respondió: «No.»
Entonces le dijeron: «¿Quién eres, pues, para que demos respuesta a los que nos han enviado? ¿Qué dices de ti mismo?»
Dijo él: «Yo soy voz del que clama en el desierto: Rectificad el camino del Adon, como dijo el profeta Isaías.»
Los enviados eran fariseos.
Y le preguntaron: «¿Por qué, pues, bautizas, si no eres tú el Cristo ni Elías ni el profeta?»
Juan les respondió: «Yo bautizo con agua, pero en medio de vosotros está uno a quien no conocéis,
que viene detrás de mí, a quien yo no soy digno de desatarle la correa de su sandalia.»
Esto ocurrió en Betania, al otro lado del Jordán, donde estaba Juan bautizando.
Al día siguiente ve a Yeshúa venir hacia él y dice: «He ahí el Cordero de Elohim, que quita el pecado del mundo.
Este es por quien yo dije: Detrás de mí viene un hombre, que se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo.
Y yo no le conocía, pero he venido a bautizar en agua para que él sea manifestado a Israel.»
Y Juan dio testimonio diciendo: «He visto al Ruaj HaKodesh que bajaba como una paloma del cielo y se quedaba sobre él.
Y yo no le conocía pero el que me envió a bautizar con agua, me dijo: "Aquel sobre quien veas que baja el Ruaj HaKodesh y se queda sobre él, ése es el que bautiza con Ruaj HaKodesh."
Y yo le he visto y doy testimonio de que éste es el Elegido de Elohim.»
Al día siguiente, Juan se encontraba de nuevo allí con dos de sus discípulos.
Fijándose en Yeshúa que pasaba, dice: «He ahí el Cordero de Elohim.»
Los dos discípulos le oyeron hablar así y siguieron a Yeshúa.
Yeshúa se volvió, y al ver que le seguían les dice: «¿Qué buscáis?» Ellos le respondieron: «Rabbí - que quiere decir, "Maestro" - ¿dónde vives?»
Les respondió: «Venid y lo veréis.» Fueron, pues, vieron dónde vivía y se quedaron con él aquel día. Era más o menos la hora décima.
Andrés, el hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que habían oído a Juan y habían seguido a Yeshúa.
Este se encuentra primeramente con su hermano Simón y le dice: «Hemos encontrado al Mesías» - que quiere decir, Mashiaj.
Y le llevó donde Yeshúa. Yeshúa, fijando su mirada en él, le dijo: «Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Kefas» - que quiere decir, "Piedra".
Al día siguiente, Yeshúa quiso partir para Galilea. Se encuentra con Felipe y le dice: «Sígueme.»
Felipe era de Betsaida, de la ciudad de Andrés y Pedro. Felipe se encuentra con Natanael y le dice: «Ese del que escribió Moisés en la Ley, y también los profetas, lo hemos encontrado: Yeshúa el hijo de José, el de Nazaret.»
Le respondió Natanael: «¿De Nazaret puede haber cosa buena?» Le dice Felipe: «Ven y lo verás.»
Vio Yeshúa que se acercaba Natanael y dijo de él: «Ahí tenéis a un israelita de verdad, en quien no hay engaño.»
Le dice Natanael: «¿De qué me conoces?» Le respondió Yeshúa: «Antes de que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi.»
Le respondió Natanael: «Rabbí, tú eres el Hijo de Elohim, tú eres el Rey de Israel.»
Yeshúa le contestó: «¿Por haberte dicho que te vi debajo de la higuera, crees? Has de ver cosas mayores.»
Y le añadió: «En verdad, en verdad os digo: veréis el cielo abierto y a los ángeles de Elohim subir y bajar sobre el Hijo del hombre.»"
Tehilim 80
Pastor de Israel, escucha, tú que guías a José como un rebaño; tú que estás sentado entre querubes, resplandece
ante Efraím, Benjamín y Manasés; ¡despierta tu poderío, y ven en nuestro auxilio!
¡Oh Elohim, haznos volver, y que brille tu rostro, para que seamos salvos!
¿Hasta cuándo, oh Yahweh Elohim Sebaot, estarás airado contra la plegaria de tu pueblo?
Les das a comer un pan de llanto les haces beber lágrimas al triple;
habladuría nos haces de nuestros convecinos, y nuestros enemigos se burlan de nosotros.
¡Oh Elohim Sebaot, haznos volver, y brille tu rostro, para que seamos salvos!
Una viña de Egipto arrancaste, expulsaste naciones para plantarla a ella,
le preparaste el suelo, y echó raíces y llenó la tierra.
Su sombra cubría las montañas, sus pámpanos los cedros de Elohim;
extendía sus sarmientos hasta el mar, hasta el Río sus renuevos.
¿Por qué has hecho brecha en sus tapias, para que todo el que pasa por el camino la vendimie,
el jabalí salvaje la devaste, y la pele el ganado de los campos?
¡Oh Elohim Sebaot, vuélvete ya, desde los cielos mira y ve, visita a esta viña,
cuídala, a ella, la que plantó tu diestra!
¡Los que fuego le prendieron, cual basura, a la amenaza de tu faz perezcan!
Esté tu mano sobre el hombre de tu diestra, sobre el hijo de Adán que para ti fortaleciste.
Ya no volveremos a apartarnos de ti; nos darás vida y tu nombre invocaremos.
¡Oh Yahweh, Elohim Sebaot, haznos volver, y que brille tu rostro, para que seamos salvos!"

