Parashot 24 de septiembre 2022
Ester 10–11, Hechos 13–14 y Tehilim 117
Ester 10
El rey Asuero impuso un tributo al país y a las islas del mar.
Todas las obras de su poder y su vigor y el relato del encumbramiento de Mardoqueo, a quien el rey enalteció, ¿no están escritas en las Crónicas de los reyes de los medos y los persas?
Pues el judío mardoqueo era el segundo después del rey, persona importante entre los judíos, amado por la multitud de sus hermanos, preocupado por el bien de su pueblo y procurador de la paz de su raza.
Mardoqueo dijo: «¡De Yahweh ha venido todo esto!
Porque haciendo memoria del sueño que tuve, ninguna de aquellas cosas ha dejado de cumplirse:
ni la pequeña fuente, convertida en río, ni la luz, ni el sol, ni el agua abudante. El río es Ester, a quien el rey hizo esposa y reina.
Los dragones somos yo y Amán.
Los pueblos son los que se reunieron para destruir el nombre judío.
Mi pueblo es Israel, que clamó a Yahweh y fue salvado. Salvó el Señor a su pueblo, el Señor nos liberó de todos estos males; obró Yahweh grandes señales y prodigios como nunca los hubo en los demás pueblos.
Por eso, Yahweh ha marcado dos suertes una para su pueblo y otra para los pueblos restantes;
y estas dos suertes se han cumplido en la hora, ocasión y día determinados en presencia de Yahweh y de todos los pueblos.
Yahweh entonces se acordó de su pueblo y dictó sentencia a favor de su heredad;
para éstos, los días catorce y qunince del mes de Adar serán días de asamblea, de alegría y gozo delante de Yahweh, por todas las generaciones para siempre, en su pueblo Israel.»
Ester 11
En el año cuarto del reinado de Tolomeo y Cleopatra, Dositeo, que decía ser sacerdote y levita, y su hijo Tolomeo, trajeron la presente carta relativa a los Purim. Aseguraron que era auténtica y que había sido traducida por Lisímaco, hijo de Tolomeo, de la ciudad de Jerusalén.
El año segundo del reinado del rey Asuero el Grande, el día uno del mes de Nisán, tuvo un sueño Mardoqueo, hijo de Yaír, hijo de Semeí, hijo de Quis, de la tribu de Benjamín,
judío, que habitaba en la ciudad de Susa, varón ilustre, adscrito al servicio del palacio real.
Era uno de los deportados que Nabucodonosor, rey de Babilonia, había llevado cautivos de Jerusalén con Jeconías, rey de Judá.
El sueño fue así: Voces y estrépito, truenos y terremotos, perturbación en la tierra.
Dos enormes dragones avanzaron, prestos ambos al combate; lanzaron un gran rugido,
y a su voz todas las gentes se dispusieron a la guerra para luchar contra el pueblo de los justos.
Día de tinieblas y oscuridad, tribulación y angustia, ruina y gran turbación sobre la tierra.
Todo el pueblo de los justos, estremecido por el terror de sus desgracias, se disponía a perecer y clamaba a Yahweh.
A su clamor, de una pequeña fuente nació un gran río de abundantes aguas.
La luz y el sol surgieron y los humildes se alzaron y devoraron a los soberbios.
Despertado Mardoqueo, después de tener este sueño, puso gran empeño y se esforzó, hasta la noche, en alcanzar su sentido y saber lo que Yahweh quería llevar a cabo.
Hechos 13
Había en la Iglesia fundada en Antioquía profetas y maestros: Bernabé, Simeón llamado Níger, Lucio el cirenense, Manahén, hermano de leche del tetrarca Herodes, y Saulo.
Mientras estaban celebrando el culto del Señor y ayunando, dijo el Ruaj Hakodesh: «Separadme ya a Bernabé y a Saulo para la obra a la que los he llamado.»
Entonces, después de haber ayunado y orado, les impusieron las manos y les enviaron.
Ellos, pues, enviados por el Ruaj Hakodesh, bajaron a Seleucia y de allí navegaron hasta Chipre.
Llegados a Salamina anunciaban la Palabra de Yahweh en las sinagogas de los judíos. Tenían también a Juan que les ayudaba.
Habiendo atravesado toda la isla hasta Pafos, encontraron a un mago, un falso profeta judío, llamado Bar Jesús,
que estaba con el procónsul Sergio Paulo, hombre prudente. Este hizo llamar a Bernabé y Saulo, deseoso de escuchar la Palabra de Yahweh.
Pero se les oponía el mago Elimas — pues eso quiere decir su nombre — intentando apartar al procónsul de la fe.
Entonces Saulo, también llamado Pablo, lleno de Ruaj Hakodesh, mirándole fijamente,
le dijo: «Tú, repleto de todo engaño y de toda maldad, hijo del Diablo, enemigo de toda justicia, ¿no acabarás ya de torcer los rectos caminos del Señor?
Pues ahora, mira la mano del Señor sobre ti. Te quedarás ciego y no verás el sol hasta un tiempo determinado.» Al instante cayeron sobre él oscuridad y tinieblas y daba vueltas buscando quien le llevase de la mano.
Entonces, viendo lo ocurrido, el procónsul creyó, impresionado por la doctrina del Señor.
Pablo y sus compañeros se hicieron a la mar en Pafos y llegaron a Perge de Panfilia. Pero Juan se separó de ellos y se volvió a Jerusalén,
mientras que ellos, partiendo de Perge, llegaron a Antioquía de Pisidia. El sábado entraron en la sinagoga y tomaron asiento.
Después de la lectura de la Ley y los Profetas, los jefes de la sinagoga les mandaron a decir: «Hermanos, si tenéis alguna palabra de exhortación para el pueblo, hablad.»
Pablo se levantó, hizo señal con la mano y dijo: «Israelitas y cuantos teméis a Yahweh, escuchad:
El Adonay de este pueblo, Israel, eligió a nuestros padres, engrandeció al pueblo durante su destierro en la tierra de Egipto y los sacó con su brazo extendido.
Y durante unos cuarenta años los rodeó de cuidados en el desierto;
después, habiendo exterminado siete naciones en la tierra de Canaán, les dio en herencia su tierra,
por unos 450 años. Después de esto les dio jueces hasta el profeta Samuel.
Luego pidieron un rey, y Yahweh les dio a Saúl, hijo de Cis, de la tribu de Benjamín, durante cuarenta años.
Depuso a éste y les suscitó por rey a David, de quien precisamente dio este testimonio: He encontrado a David, el hijo de Jesé, un hombre según mi corazón, que realizará todo lo que yo quiera.
De la descendencia de éste, Yahweh, según la Promesa, ha suscitado para Israel un Salvador, Yeshúa.
Juan predicó como precursor, ante su venida, un bautismo de conversión a todo el pueblo de Israel.
Al final de su carrera, Juan decía: “Yo no soy el que vosotros os pensáis, sino mirad que viene detrás de mí aquel a quien no soy digno de desatar las sandalias de los pies.”
«Hermanos, hijos de la raza de Abraham, y cuantos entre vosotros temen a Yahweh: a vosotros ha sido enviada esta Palabra de salvación.
Los habitantes de Jerusalén y sus jefes cumplieron, sin saberlo, las Escrituras de los profetas que se leen cada sábado;
y sin hallar en él ningún motivo de muerte pidieron a Pilato que le hiciera morir.
Y cuando hubieron cumplido todo lo que referente a él estaba escrito, le bajaron del madero, y le pusieron en el sepulcro.
Pero Yahweh le resucitó de entre los muertos.
El se apareció durante muchos días a los que habían subido con él de Galilea a Jerusalén y que ahora son testigos suyos ante el pueblo.
«También nosotros os anunciamos la Buena Nueva de que la Promesa hecha a los padres
Yahweh la ha cumplido en nosotros, los hijos, al resucitar a Yeshúa, como está escrito en los salmos: Hijo mío eres tú; yo te he engendrado hoy.
Y que le resucitó de entre los muertos para nunca más volver a la corrupción, lo tiene declarado: Os daré las cosas santas de David, las verdaderas.
Por eso dice también en otro lugar: No permitirás que tu santo experimente la corrupción.
Ahora bien, David, después de haber servido en sus días a los designios de Yahweh, murió, se reunió con sus padres y experimentó la corrupción.
En cambio aquel a quien Yahweh resucitó, no experimentó la corrupción.
«Tened, pues, entendido, hermanos, que por medio de éste os es anunciado el perdón de los pecados; y la total justificación que no pudisteis obtener por la Ley de Moisés
la obtiene por él todo el que cree.
Cuidad, pues, de que no sobrevenga lo que dijeron los Profetas:
Mirad, los que despreciáis, asombraos y desapareced, porque en vuestros días yo voy a realizar una obra, que no creeréis aunque os la cuenten.»
Al salir les rogaban que les hablasen sobre estas cosas el siguiente sábado.
Disuelta la reunión, muchos judíos y prosélitos que adoraban a Yahweh siguieron a Pablo y a Bernabé; éstos conversaban con ellos y les persuadían a perseverar fieles a la gracia de Yahweh.
El sábado siguiente se congregó casi toda la ciudad para escuchar la Palabra de Yahweh.
Los judíos, al ver a la multitud, se llenaron de envidia y contradecían con blasfemias cuanto Pablo decía.
Entonces dijeron con valentía Pablo y Bernabé: «Era necesario anunciaros a vosotros en primer lugar la Palabra de Yahweh; pero ya que la rechazáis y vosotros mismos no os juzgáis dignos de la vida eterna, mirad que nos volvemos a los gentiles.
Pues así nos lo ordenó el Señor: Te he puesto como la luz de los gentiles, para que lleves la salvación hasta el fin de la tierra.»
Al oír esto los gentiles se alegraron y se pusieron a glorificar la Palabra del Señor; y creyeron cuantos estaban destinados a una vida eterna.
Y la Palabra del Señor se difundía por toda la región.
Pero los judíos incitaron a mujeres distinguidas que adoraban a Yahweh, y a los principales de la ciudad; promovieron una persecución contra Pablo y Bernabé y les echaron de su territorio.
51 Estos sacudieron contra ellos el polvo de sus pies y se fueron a Iconio.
52 Los discípulos quedaron llenos de gozo y del Ruaj Hakodesh.
Hechos 14
En Iconio, entraron del mismo modo en la sinagoga de los judíos y hablaron de tal manera que gran multitud de judíos y griegos abrazaron la fe.
Pero los judíos que no habían creído excitaron y envenenaron los ánimos de los gentiles contra los hermanos.
Con todo se detuvieron allí bastante tiempo, hablando con valentía del Señor que les concedía obrar por sus manos señales y prodigios, dando así testimonio de la predicación de su gracia.
La gente de la ciudad se dividió: unos a favor de los judíos y otros a favor de los apóstoles.
Como se alzasen judíos y gentiles con sus jefes para ultrajarles y apedrearles,
al saberlo, huyeron a las ciudades de Licaonia, a Listra y Derbe y sus alrededores.
Y allí se pusieron a anunciar la Buena Nueva.
Había allí, sentado, un hombre tullido de pies, cojo de nacimiento y que nunca había andado.
Este escuchaba a Pablo que hablaba. Pablo fijó en él su mirada y viendo que tenía fe para ser curado,
le dijo con fuerte voz: «Ponte derecho sobre tus pies.» Y él dio un salto y se puso a caminar.
La gente, al ver lo que Pablo había hecho, empezó a gritar en licaonio: «Los dioses han bajado hasta nosotros en figura de hombres.»
A Bernabé le llamaban Zeus y a Pablo, Hermes, porque era quien dirigía la palabra.
El sacerdote del templo de Zeus que hay a la entrada de la ciudad, trajo toros y guirnaldas delante de las puertas y a una con la gente se disponía a sacrificar.
Al oírlo los apóstoles Bernabé y Pablo, rasgaron sus vestidos y se lanzaron en medio de la gente gritando:
«Amigos, ¿por qué hacéis esto? Nosotros somos también hombres, de igual condición que vosotros, que os predicamos que abandonéis estas cosas vanas y os volváis al Yahweh vivo que hizo el cielo, la tierra, el mar y cuanto en ellos hay,
y que en las generaciones pasadas permitió que todas las naciones siguieran sus propios caminos;
si bien no dejó de dar testimonio de sí mismo, derramando bienes, enviándoos desde el cielo lluvias y estaciones fructíferas, llenando vuestros corazones de sustento y alegría…»
Con estas palabras pudieron impedir a duras penas que la gente les ofreciera un sacrificio.
Vinieron entonces de Antioquía e Iconio algunos judíos y, habiendo persuadido a la gente, lapidaron a Pablo y le arrastraron fuera de la ciudad, dándole por muerto.
Pero él se levantó y, rodeado de los discípulos, entró en la ciudad. Al día siguiente marchó con Bernabé a Derbe.
Habiendo evangelizado aquella ciudad y conseguido bastantes discípulos, se volvieron a Listra, Iconio y Antioquía,
confortando los ánimos de los discípulos, exhortándoles a perseverar en la fe y diciéndoles: «Es necesario que pasemos por muchas tribulaciones para entrar en el Reino de Yahweh.»
Designaron presbíteros en cada Iglesia y después de hacer oración con ayunos, los encomendaron al Señor en quien habían creído.
Atravesaron Pisidia y llegaron a Panfilia;
predicaron en Perge la Palabra y bajaron a Atalía.
Allí se embarcaron para Antioquía, de donde habían partido encomendados a la gracia de Yahweh para la obra que habían realizado.
A su llegada reunieron a la Iglesia y se pusieron a contar todo cuanto Yahweh había hecho juntamente con ellos y cómo había abierto a los gentiles la puerta de la fe.
Y permanecieron no poco tiempo con los discípulos.
Tehilim 117
1 ¡Alabad a Yahweh, todas las naciones, celebradle, pueblos todos!
2 Porque es fuerte su amor hacia nosotros, la verdad de Yahweh dura por siempre.

