Parashot 26 de noviembre 2022
I Macabeos 12–13, Romanos 3–4 y Tehilim 126
I Macabeos 12
Viendo Jonatán que las circunstancias le eran favorables, escogió hombres y los envió a Roma con el fin de confirmar y renovar la amistad con ellos.
Con el mismo objeto envió cartas a los espartanos y a otros lugares.
Se fueron, pues, a Roma y entrando en el Senado dijeron: «Jonatán, sumo sacerdote, y la nación de los judíos nos han enviado para que se renueve con ellos la amistad y la alianza como antes.»
Les dieron los romanos cartas para la gente de cada lugar recomendando que se les condujera en paz hasta el país de Judá.
Esta es la copia de la carta que escribió Jonatán a los espartanos:
«Jonatán, sumo sacerdote, el senado de la nación, los sacerdotes y el resto del pueblo judío saludan a sus hermanos los espartanos.
Ya en tiempos pasados, Areios, que reinaba entre vosotros, envió una carta al sumo sacerdote Onías en que le decía que erais vosotros hermanos nuestros como lo atestigua la copia adjunta.
Onías recibió con honores al embajador y tomó la carta que hablaba claramente de alianza y amistad.
Nosotros, aunque no tenemos necesidad de esto por tener como consolación los libros santos que están en nuestras manos,
hemos procurado enviaros embajadores para renovar la fraternidad y la amistad con vosotros y evitar que vengamos a seros extraños, pues ha pasado mucho tiempo ya desde que nos enviasteis vuestra embajada.
Por nuestra parte, en las fiestas y demás días señalados, os recordamos sin cesar en toda ocasión en los sacrificios que ofrecemos y en nuestras oraciones, como es justo y conveniente acordarse de los hermanos.
Nos alegramos de vuestra gloria.
A nosotros, en cambio, nos han rodeado muchas tribulaciones y guerras, pues nos hemos visto atacados por los reyes vecinos.
Pero en estas luchas no hemos querido molestaros a vosotros ni a los demás aliados y amigos nuestros,
porque contamos con el auxilio del Cielo que, viniendo en nuestra ayuda, nos ha librado de nuestros enemigos y a ellos los ha humillado.
Hemos, pues, elegido a Numenio, hijo de Antíoco, y a Antípatro, hijo de Jasón, y les hemos enviado a los romanos para renovar la amistad y la alianza que antes teníamos,
y les hemos dado orden de pasar también donde vosotros para saludaros y entregaros nuestra carta sobre la renovación de nuestra fraternidad.
Y ahora haréis bien en contestarnos a esto.»
Esta es la copia de la carta enviada a Onías:
«Areios, rey de los espartanos, saluda a Onías, sumo sacerdote.
Se ha encontrado un documento relativo a espartanos y judíos de que son hermanos y que son de la raza de Abraham.
Y ahora que estamos enterados de esto, haréis bien escribiéndonos sobre vuestro bienestar.
Nosotros por nuestra parte os escribimos: Vuestro ganado y vuestros bienes son nuestros, y los nuestros vuestros son. Damos orden de que se os envíe un mensaje en tal sentido.»
Tuvo noticia Jonatán de que los generales de Demetrio habían vuelto con fuerzas mayores que antes con ánimo de atacarle.
Partió, pues, de Jerusalén y fue a encontrarles a la región de Jamat, sin darles tiempo a irrumpir en su país.
Envió exploradores al campamento enemigo y supo por ellos, a su vuelta, que los enemigos estaban dispuestos para caer sobre ellos a la noche.
Cuando se puso el sol, ordenó Jonatán a los suyos que se mantuviesen despiertos y sobre las armas toda la noche, preparados para entrar en combate, y dispuso avanzadillas alrededor del campamento.
Cuando supieron los enemigos que Jonatán y los suyos estaban preparados para el combate, sintieron miedo y, llenos de pánico, encendieron fogatas por su campamento y se retiraron.
Jonatán y los suyos, como veían brillar las fogatas, no se percataron de su partida hasta el amanecer.
Entonces se lanzó Jonatán en su persecución, pero no les pudo dar alcance porque habían atravesado ya el río Eléuteros.
Jonatán se volvió contra los árabes llamados zabadeos, los derrotó y se hizo con sus despojos.
Levantó luego el campamento, llegó a Damasco y recorrió toda la región.
Simón por su parte hizo una expedición hasta Ascalón y las plazas vecinas. Se volvió luego hacia Joppe y la tomó,
pues había oído que sus habitantes querían entregar aquella plaza fuerte a los partidarios de Demetrio, y dejó en ella una guarnición para defenderla.
Jonatán, de vuelta, reunió la asamblea de los ancianos del pueblo, y decidió con ellos edificar fortalezas en Judea,
dar mayor altura a las murallas de Jerusalén y levantar un alto muro entre la Ciudadela y la ciudad para separarlas y para que quedara la Ciudadela aislada y no pudieran comprar ni vender.
Se reunieron, pues, para reconstruir la ciudad, pues había caído un trecho de la muralla que daba al torrente por la parte de levante; restauró también el barrio llamado Cafenatá.
Por su lado, Simón reconstruyó Jadidá en la Tierra Baja, la fortificó y la guarneció de puertas y cerrojos.
Trifón aspiraba a reinar en Asia, ceñirse la diadema y extender su mano contra el rey Antíoco.
Temiendo que Jonatán se lo estorbara y le hiciera la guerra, trataba de apoderarse de él y matarle. Se puso, pues, en marcha y llegó a Bet San.
Jonatán salió a su encuentro con 40.000 hombres escogidos para la guerra y llegó a Bet San.
Vio Trifón que había venido con un ejército numeroso y temió extender la mano contra él.
Le recibió con honores, le presentó a todos sus amigos, le hizo regalos y dio orden a sus amigos y a sus tropas que le obedeciesen como a él mismo.
Y dijo a Jonatán: «¿Por qué has fatigado a toda esta gente no habiendo guerra entre nosotros?
Envíalos a sus casas, elige algunos hombres que te acompañen y ven conmigo a Tolemaida. Te entregaré la ciudad, las demás fortalezas, el resto de las fuerzas y a todos los funcionarios, y luego emprenderé el regreso pues para eso he venido.»
Le creyó Jonatán y obró como le decía: despachó sus tropas, que partieron para el país de Judá,
y conservó consigo 3.000 hombres de los cuales dejó 2.000 en Galilea y mil le acompañaron.
Pero apenas entró Jonatán en Tolemaida cuando los tolemaiditas cerraron las puertas, le apresaron a él y pasaron a filo de espada a cuantos con él habían entrado.
Envió Trifón tropas y caballería a Galilea y a la Gran Llanura para acabar con todos los partidarios de Jonatán,
pero éstos, enterados de que él había sido apresado y muerto con los que le acompañaban, se animaron unos a otros y avanzaron, cerradas las filas, prontos para combatir.
Sus perseguidores, al ver que luchaban por su vida, se volvieron.
Aquéllos llegaron todos en paz al país de Judá, lloraron a Jonatán y a sus compañeros y un gran temor se apoderó de ellos. Todo Israel hizo un gran duelo.
Todos los gentiles circunvecinos trataban de aniquilarles: «No tienen jefe — decían — ni quien les ayude. Esta es la ocasión de atacarles y borrar su recuerdo de entre los hombres.»
I Macabeos 13
Supo Simón que había juntado Trifón un ejército numeroso para ir a devastar el país de Judá.
Viendo al pueblo espantado y medroso, subió a Jerusalén, reunió al pueblo
y le exhortó diciendo: «Vosotros sabéis todo lo que hemos hecho mis hermanos, la casa de mi padre y yo por la Ley y el Lugar Santo, y las guerras y tribulaciones que hemos sufrido.
Por esta causa, por Israel, han muerto mis hermanos todos y he quedado yo solo.
Lejos de mí ahora mirar por salvar mi vida en cualquier tiempo de angustia, que no soy yo mejor que mis hermanos;
sino que vengaré a mi nación, al Lugar Santo y a vuestras mujeres e hijos, puesto que, impulsados por el odio, se han unido todos los gentiles para aniquilarnos.»
Al oír estas palabras, se enardecieron los ánimos del pueblo
y respondieron en alta voz diciendo: «Tú eres nuestro guía en lugar de Judas y de tu hermano Jonatán;
toma la dirección de nuestra guerra y haremos cuanto nos mandes».
Reunió entonces Simón a todos los hombres aptos para la guerra y se dio prisa en acabar las murallas de Jerusalén hasta que la fortificó en todo su contorno.
Envió a Jonatán, hijo de Absalón, a Joppe con un importante destacamento, el cual expulsó a los que en la ciudad estaban y se estableció en ella.
Partió Trifón de Tolemaida con un ejercito numeroso para entrar en el país de Judá llevando consigo prisionero a Jonatán.
Simón puso su campamento en Jadidá, frente a la llanura.
Al enterarse Trifón de que Simón había sucedido en el mando a su hermano Jonatán y que estaba preparado para entrar con él en batalla, le envió mensajeros diciéndole:
«Tenemos detenido a tu hermano Jonatán por las deudas contraídas con el tesoro real en el desempeño de su cargo.
Envíanos, pues, cien talentos de plata y a dos de sus hijos como rehenes, no sea que una vez libre se rebele contra nosotros. Entonces le soltaremos.»
Simón, aunque se dio cuenta de que le hablaban con falsedad, envió a buscar el dinero y los niños para no provocar contra sí una gran enemistad del pueblo que diría:
«Porque no envié yo el dinero y los niños, ha muerto Jonatán.»
Envió, pues, los niños y los cien talentos, pero Trifón faltó a su palabra y no soltó a Jonatán.
Después de esto, se puso Trifón en marcha para invadir la región y devastarla. Dio un rodeo por el camino de Adorá, mientras Simón y su ejército obstaculizaban su marcha a dondequiera que iba.
Los de la Ciudadela enviaron a Trifón legados dándole prisa a que viniese donde ellos a través del desierto y les enviase víveres.
Preparó Trifón toda su caballería para ir, pero aquella noche cayó tal cantidad de nieve que le impidió acudir allá. Partió de allí y se fue a la región de Galaad.
Cuando se encontraba cerca de Bascamá, hizo matar a Jonatán, que fue enterrado allí.
Luego dio Trifón la vuelta y se marchó a su país.
Envió Simón a recoger los huesos de su hermano Jonatán y le dio sepultura en Modín, ciudad de sus padres.
Todo Israel hizo gran duelo por él y le lloró muchos días.
Simón construyó sobre el sepulcro de su padre y sus hermanos un mausoleo alto, que pudiera verse, de piedras pulidas por delante y por detrás.
Levantó siete pirámides, una frente a otra, dedicadas a su padre, a su madre y a sus cuatro hermanos.
Levantó alrededor de ellas grandes columnas y sobre las columnas hizo panoplias para recuerdo eterno. Al lado de las panoplias esculpió unas naves que pudieran ser contempladas por todos los que navegaran por el mar.
Tal fue el mausoleo que construyó en Modín y que subsiste en nuestros días.
Trifón, procediendo insidiosamente con el joven rey Antíoco, le dio muerte.
Ocupó el reino en su lugar, se ciñó la diadema de Asia y causó grandes estragos en el país.
Simón, por su parte, reconstruyó las fortalezas de Judea, las rodeó de altas torres y grandes murallas con puertas y cerrojos, y almacenó víveres en ellas.
Además escogió Simón hombres que envió al rey Demetrio intentando conseguir una remisión para la región, dado que toda la actividad de Trifón había sido un continuo robo.
El rey Demetrio contestó a su petición y le escribió la siguiente carta:
«El rey Demetrio saluda a Simón, sumo sacerdote y amigo de reyes, a los ancianos y a la nación de los judíos.
Hemos recibido la corona de oro y la palma que nos habéis enviado y estamos dispuestos a concertar con vosotros una paz completa y a escribir a los funcionarios que os concedan la remisión de las deudas.
Cuanto hemos decidido sobre vosotros, quede firme y sean vuestras las fortalezas que habéis construido.
Os perdonamos los errores y delitos cometidos hasta el día de hoy y la corona que nos debéis. Si algún otro tributo se percibía en Jerusalén, ya no se exija.
Y si algunos de vosotros son aptos para alistarse en nuestra guardia, alístense y haya paz entre nosotros.»
El año 170 quedó Israel libre del yugo de los gentiles
y el pueblo comenzó a escribir en las actas y contratos: «En el año primero de Simón, gran sumo sacerdote, estratega y hegumeno de los judíos.
Por aquellos días puso cerco Simón a Gázara y la rodeó con sus tropas. Construyó una torre móvil que acercó a la ciudad y abriendo brecha en un baluarte, lo tomó.
Saltaron los de la torre a la ciudad y se produjo en ella gran agitación.
Los habitantes, rasgados los vestidos, subieron a la muralla con sus mujeres e hijos y pidieron a grandes gritos a Simón que les diese la mano.
«No nos trates, le decían, según nuestras maldades, sino según tu misericordia.»
Simón se reconcilió con ellos y no les atacó, pero les echó de la ciudad y mandó purificar las casas en que había ídolos. Entonces entró en ella con himnos y bendiciones.
Echó de ella toda impureza, estableció en ella hombres observantes de la Ley, la fortificó y se construyó en ella para sí una residencia.
Los de la Ciudadela de Jerusalén se veían imposibilitados de entrar y salir por la región, de comprar y de vender. Sufrían grave escasez y bastantes de ellos habían perecido de hambre.
Clamaron a Simón que hiciera con ellos la paz y Simón se lo concedió. Les echó de allí y purificó de inmundicias la Ciudadela.
Entraron en ella el día veintitrés del segundo mes del año 171 con aclamaciones y ramos de palma, con liras, címbalos y arpas, con himnos y cantos, porque un gran enemigo había sido vencido y expulsado de Israel.
Simón dispuso que este día se celebrara con júbilo cada año. Fortificó el monte del Templo que está al lado de la Ciudadela y habitó allí con los suyos.
Y viendo Simón que su hijo Juan era todo un hombre, le nombró jefe de todas las fuerzas con residencia en Gázara.
Romanos 3
¿Cuál es, pues, la ventaja del judío? ¿Cuál la utilidad de la circuncisión?
Grande, de todas maneras. Ante todo, a ellos les fueron confiados los oráculos de Yahweh.
Pues ¿qué? Si algunos de ellos fueron infieles ¿frustrará, por ventura, su infidelidad la fidelidad de Yahweh?
¡De ningún modo! Yahweh tiene que ser veraz y todo hombre mentiroso, como dice la Escritura: Para que seas justificado en tus palabras y triunfes al ser juzgado.
Pero si nuestra injusticia realza la justicia de Yahweh, ¿qué diremos? ¿Será acaso injusto Adonay al descargar su cólera? (Hablo en términos humanos.)
¡De ningún modo! Si no, ¿cómo juzgará Yahweh al mundo?
Pero si con mi mentira sale ganando la verdad de Yahweh para gloria suya ¿por qué razón soy también yo todavía juzgado como pecador?
Y ¿por qué no hacer el mal para que venga el bien, como algunos calumniosamente nos acusan que decimos? Esos tales tienen merecida su condenación.
Entonces ¿qué? ¿Llevamos ventaja? ¡De ningún modo!
Pues ya demostramos que tanto judíos como griegos están bajo el pecado, como dice la Escritura: No hay quien sea justo, ni siquiera uno solo.
No hay un sensato, no hay quien busque a Yahweh.
Todos se desviaron, a una se corrompieron; no hay quien obre el bien, no hay siquiera uno.
Sepulcro abierto es su garganta, con su lengua urden engaños. Veneno de áspides bajo sus labios;
maldición y amargura rebosa su boca.
Ligeros sus pies para derramar sangre;
ruina y miseria son sus caminos.
El camino de la paz no lo conocieron,
no hay temor de Yahweh ante sus ojos.
Ahora bien, sabemos que cuanto dice la ley lo dice para los que están bajo la ley, para que toda boca enmudezca y el mundo entero se reconozca reo ante Yahweh,
ya que nadie será justificado ante él por las obras de la ley, pues la ley no da sino el conocimiento del pecado.
Pero ahora, independientemente de la ley, la justicia de Yahweh se ha manifestado, atestiguada por la ley y los profetas,
justicia de Yahweh por la fe en Yeshúa, para todos los que creen — pues no hay diferencia alguna;
todos pecaron y están privados de la gloria de Yahweh -
y son justificados por el don de su gracia, en virtud de la redención realizada en Yeshúa,
a quien exhibió Yahweh como instrumento de propiciación por su propia sangre, mediante la fe, para mostrar su justicia, habiendo pasado por alto los pecados cometidos anteriormente,
en el tiempo de la paciencia de Yahweh; en orden a mostrar su justicia en el tiempo presente, para ser él justo y justificador del que cree en Yeshúa.
¿Dónde está, entonces, el derecho a gloriarse? Queda eliminado.!? Por qué ley? ¿Por la de las obras? No. Por la ley de la fe.
Porque pensamos que el hombre es justificado por la fe, sin las obras de la ley.
¿Acaso Yahweh lo es únicamente de los judíos y no también de los gentiles? ¡Sí, por cierto!, también de los gentiles;
porque no hay más que un solo Elohim, que justificará a los circuncisos en virtud de la fe y a los incircuncisos por medio de la fe.
Entonces ¿por la fe privamos a la ley de su valor? ¡De ningún modo! Más bien, la consolidamos.
Romanos 4
¿Qué diremos, pues, de Abraham, nuestro padre según la carne?
Si Abraham obtuvo la justicia por las obras, tiene de qué gloriarse, mas no delante de Yahweh.
En efecto, ¿qué dice la Escritura? Creyó Abraham en Yahweh y le fue reputado como justicia.
Al que trabaja no se le cuenta el salario como favor sino como deuda;
en cambio, al que, sin trabajar, cree en aquel que justifica al impío, su fe se le reputa como justicia.
Como también David proclama bienaventurado al hombre a quien Yahweh imputa la justicia independientemente de las obras:
Bienaventurados aquellos cuyas maldades fueron perdonadas, y cubiertos sus pecados.
Dichoso el hombre a quien el Señor no imputa culpa alguna.
Entonces, ¿esta dicha recae sólo sobre los circuncisos o también sobre los incircuncisos? Decimos, en efecto, que la fe de Abraham le fue reputada como justicia.
Y ¿cómo le fue reputada? ¿siendo él circunciso o antes de serlo? No siendo circunciso sino antes;
y recibió la señal de la circuncisión como sello de la justicia de la fe que poseía siendo incircunciso. Así se convertía en padre de todos los creyentes incircuncisos, a fin de que la justicia les fuera igualmente imputada;
y en padre también de los circuncisos que no se contentan con la circuncisión, sino que siguen además las huellas de la fe que tuvo nuestro padre Abraham antes de la circuncisión.
En efecto, no por la ley, sino por la justicia de la fe fue hecha a Abraham y su posteridad la promesa de ser heredero del mundo.
Porque si son herederos los de la ley, la fe carece de objeto, y la promesa queda abolida;
porque la ley produce la cólera; por el contrario, donde no hay ley, no hay transgresión.
Por eso depende de la fe, para ser favor gratuito, a fin de que la Promesa quede asegurada para toda la posteridad, no tan sólo para los de la ley, sino también para los de la fe de Abraham, padre de todos nosotros,
como dice la Escritura: Te he constituido padre de muchas naciones: padre nuestro delante de Aquel a quien creyó, de Yahweh que da la vida a los muertos y llama a las cosas que no son para que sean.
El cual, esperando contra toda esperanza, creyó y fue hecho padre de muchas naciones según le había sido dicho: Así será tu posteridad.
No vaciló en su fe al considerar su cuerpo ya sin vigor — tenía unos cien años — y el seno de Sara, igualmente estéril.
Por el contrario, ante la promesa divina, no cedió a la duda con incredulidad; más bien, fortalecido en su fe, dio gloria a Yahweh,
con el pleno convencimiento de que poderoso es Yahweh para cumplir lo prometido.
Por eso le fue reputado como justicia.
Y la Escritura no dice solamente por él que le fue reputado, sino también por nosotros,
a quienes ha de ser imputada la fe, a nosotros que creemos en Aquel que resucitó de entre los muertos a Yeshúa Señor nuestro,
quien fue entregado por nuestros pecados, y fue resucitado para nuestra justificación.
Tehilim 126
Canción de las subidas. Cuando Yahweh hizo volver a los cautivos de Sión, como soñando nos quedamos;
entonces se llenó de risa nuestra boca y nuestros labios de gritos de alegría. Entonces se decía entre las naciones: ¡Grandes cosas ha hecho Yahweh con éstos!
¡Sí, grandes cosas hizo con nosotros Yahweh, el gozo nos colmaba!
¡Haz volver, Yahweh, a nuestros cautivos como torrentes en el Négueb!
Los que siembran con lágrimas cosechan entre cánticos.
Al ir, va llorando, llevando la semilla; al volver, vuelve cantando trayendo sus gavillas.

