Parashot 3 de septiembre 2022
Ester 4–5, Hechos 7–8 y Tehilim 114
Ester 4
Cuando Mardoqueo supo lo que pasaba, rasgó sus vestidos, se vistió de sayal y ceniza y salió por la ciudad lanzando grandes gemidos,
hasta llegar ante la Puerta Real, pues nadie podía pasar la Puerta cubierto de sayal.
En todas las provincias, dondequiera que se publicaban la palabra y el edicto real, había entre los judíos gran duelo, ayunos y lágrimas y lamentos, y a muchos el sayal y la ceniza les sirvió de lecho.
Las siervas y ennucos de Ester vinieron a comunicárselo. La reina se llenó de angustia y mandó enviar a Mardoqueo vestidos para que se vistiese y se quitase el sayal, pero él no quiso.
Llamó Ester a Hatak, uno de los eunucos que el rey había puesto a su servicio, y le envió a Mardoqueo para enterarse de lo que pasaba y a qué obedecía todo aquello.
Salió Hatak y fue donde Mardoqueo, que estaba en la plaza de la ciudad que hay frente a la Puerta Real.
Mardoqueo le informó de todo cuanto había pasado y de la suma de dinero que Amán había prometido entregar al tesoro real por el exterminio de los judíos.
Le dio también una copia del texto del edicto de exterminio publicado en Susa, para que se lo enseñara a Ester y se informara; y ordenó a la reina que se presentase ante el rey, se ganara su favor y suplicara por su pueblo.
Regresó Hatak e informó a Ester de las palabras de Mardoqueo.
Ester mandó a Hatak que dijera a Mardoqueo:
«Todos los servidores del rey y todos los habitantes de las provincias del rey saben que todo hombre o mujer que se presente al rey, en el patio interior, sin haber sido llamado, es condenado a muerte por el edicto, salvo aquel sobre quien el rey extienda su cetro de oro; y hace ya treinta días que yo no he sido llamada a presencia del rey.»
Llevó a Mardoqueo la respuesta de Ester
y Mardoqueo hizo que le contestara: «No te imagines que por estar en la casa del rey, te vas a librar tú sola entre todos los judíos,
porque, si te empeñas en callar en esta ocasión, por otra parte vendrá el socorro de la liberación de los judíos, mientras que tú y la casa de tu padre pereceréis. ¡Quién sabe si precisamente para una ocasión semejante has llegado a ser reina!»
Ester mandó que respondieran a Mardoqueo:
«Vete a reunir a todos los judíos que hay en Susa y ayunad por mí. No comáis ni bebáis durante tres días y tres noches. También yo y mis siervas ayunaremos. Y así, a pesar de la ley, me presentaré ante el rey; y si tengo que morir, moriré.»
Se alejó Mardoqueo y cumplió cuanto Ester le había mandado.
Ester 5
Aconteció que al tercer día se vistió Ester su vestido real, y entró en el patio interior de la casa del rey, enfrente del aposento del rey; y estaba el rey sentado en su trono en el aposento real, enfrente de la puerta del aposento
Y tomando el rey el cetro de oro, lo puso sobre el cuello de Ester, y la besó, diciendo: «Háblame.»
El rey le preguntó: «¿Qué sucede, reina Ester? ¿Qué deseas? Incluso la mitad del reino te será dada.»
Respondió Ester: «Si al rey le place, venga hoy el rey, con Amán, al banquete que le tengo preparado.»
Respondió el rey: «Avisad inmediatamente a Amán para que se cumpla el deseo de Ester.» El rey y Amán fueron al banquete preparado por Ester,
y durante el banquete, dijo el rey a Ester: «¿Qué quieres pedir?, pues se te dará. ¿Qué deseas? Hasta la mitad del reino te será concedida.»
Ester respondió: «¿Mi petición y mi deseo?
Si he hallado gracia a los ojos del rey, y si al rey le place escuchar mi petición y cumplir mi deseo, que vengan mañana el rey y Amán al banquete que he preparado para ellos. Y haré entonces lo que el rey me pide.»
Salió aquel día Amán contento y con alegre corazón; pero al ver a Mardoqueo en la Puerta Real, que no se levantaba, ni siquiera se movía ante él, se llenó Amán de ira contra Mardoqueo,
pero se dominó, y yéndose a su casa, mandó venir a sus amigos y a su mujer Zeres,
y les habló de su gloria y sus riquezas, de sus muchos hijos y de cómo el rey le había encumbrado, elevándole por encima de los jefes y servidores del rey.
Y añadió: «Más aún; la reina Ester me ha invitado a mí sólo, junto con el rey, a un banquete que ha preparado; también para mañana estoy invitado por ella, junto con el rey.
Pero todo esto nada significa para mí, mientras vea que el judío Mardoqueo, sigue sentado a la Puerta Real.»
Su mujer Zeres y todos sus amigos le respondieron: «Manda preparar una horca de cincuenta codos de altura y mañana por la mañana pides al rey que cuelguen de ella a Mardoqueo; así podrás ir satisfecho al banquete con el rey.» Agradó el consejo a Amán y mandó preparar la horca.
Hechos 7
El Sumo Sacerdote preguntó: «¿Es así?»
El respondió: «Hermanos y padres, escuchad. Adonay de la gloria se apareció a nuestro padre Abraham cuando estaba en Mesopotamia, antes de que se estableciese en Jarán
y le dijo: Sal de tu tierra y de tu parentela y vete a la tierra que yo te muestre.
Entonces salió de la tierra de los caldeos y se estableció en Jarán. Y después de morir su padre, Adonay le hizo emigrar de allí a esta tierra que vosotros habitáis ahora.
Y no le dio en ella en heredad ni la medida de la planta del pie; sino que prometió dársela en posesión a él y a su descendencia después de él, aunque no tenía ningún hijo.
Adonay habló así: Tus descendientes residirán como forasteros en tierra extraña y les esclavizarán y les maltratarán durante cuatrocientos años.
Pero yo juzgaré — dijo Adonay — a la nación a la que sirvan como esclavos, y después saldrán y me darán culto en este mismo lugar.
Le dio, además, la alianza de la circuncisión; y así, al engendrar a Isaac, Abraham le circuncidó el octavo día, y lo mismo Isaac a Jacob, y Jacob a los doce patriarcas.
«Los patriarcas, envidiosos de José, le vendieron con destino a Egipto. Pero Adonay estaba con él
y le libró de todas sus tribulaciones y le dio gracia y sabiduría ante Faraón, rey de Egipto, quien le nombró gobernador de Egipto y de toda su casa.
Sobrevino entonces en todo Egipto y Canaán hambre y gran tribulación; nuestros padres no encontraban víveres.
Pero al oír Jacob que había trigo en Egipto, envió a nuestros padres una primera vez;
la segunda vez José se dio a conocer a sus hermanos y conoció Faraón el linaje de José.
José envió a buscar a su padre Jacob y a toda su parentela que se componía de 75 personas.
Jacob bajó a Egipto donde murió él y también nuestros padres;
y fueron trasladados a Siquem y depositados en el sepulcro que había comprado Abraham a precio de plata a los hijos de Jamor, padre de Siquem.
«Conforme se iba acercando el tiempo de la promesa que Adonay había hecho a Abraham, creció el pueblo y se multiplicó en Egipto,
hasta que se alzó un nuevo rey en Egipto que no se acordó de José.
Obrando astutamente contra nuestro linaje, este rey maltrató a nuestros padres hasta obligarles a exponer sus niños, para que no vivieran.
En esta coyuntura nació Moisés, que era hermoso a los ojos de Adonay. Durante tres meses fue criado en la casa de su padre;
después fue expuesto y le recogió la hija de Faraón, quien le crió como hijo suyo.
Moisés fue educado en toda la sabiduría de los egipcios y fue poderoso en sus palabras y en sus obras.
«Cuando cumplió la edad de cuarenta años, se le ocurrió la idea de visitar a sus hermanos, los hijos de Israel.
Y al ver que uno de ellos era maltratado, tomó su defensa y vengó al oprimido matando al egipcio.
Pensaba él que sus hermanos comprenderían que Adonay les daría la salvación por su mano; pero ellos no lo comprendieron.
Al día siguiente se les presentó mientras estaban peleándose y trataba de ponerles en paz diciendo: “Amigos, que sois hermanos, ¿por qué os maltratáis uno a otro?”
Pero el que maltrataba a su compañero le rechazó diciendo: “ ¿Quién te ha nombrado jefe y juez sobre nosotros?
¿Es que quieres matarme a mí como mataste ayer al egipcio? “
Al oír esto Moisés huyó y vivió como forastero en la tierra de Madián, donde tuvo dos hijos.
«Al cabo de cuarenta años se le apareció un ángel en el desierto del monte Sinaí, sobre la llama de una zarza ardiendo.
Moisés se maravilló al ver la visión, y al acercarse a mirarla, se dejó oír la voz del Señor:
“Yo soy el Elohim de tus padres, el Elohim de Abraham, de Isaac y de Jacob. “ Moisés temblaba y no se atrevía a mirar.
El Adón le dijo: “Quítate las sandalias de los pies, pues el lugar donde estás es tierra santa.
Bien vista tengo la opresión de mi pueblo que está en Egipto y he oído sus gemidos y he bajado a librarles. Y ahora ven, que te enviaré a Egipto.”
«A este Moisés, de quien renegaron diciéndole: ¿quién te ha nombrado jefe y juez? , a éste envió Adonay como jefe y redentor por mano del ángel que se le apareció en la zarza.
Este les sacó, realizando prodigios y señales en la tierra de Egipto, en el mar Rojo y en el desierto durante cuarenta años.
Este es el Moisés que dijo a los israelitas: Adonay os suscitará un profeta como yo de entre vuestros hermanos.
Este es el que, en la asamblea del desierto, estuvo con el ángel que le hablaba en el monte Sinaí, y con nuestros padres; el que recibió palabras de vida para comunicárnoslas;
este es aquel a quien no quisieron obedecer nuestros padres, sino que le rechazaron para volver su corazón hacia Egipto,
y dijeron a Aarón: “Haznos dioses que vayan delante de nosotros; porque este Moisés que nos sacó de la tierra de Egipto no sabemos qué ha sido de él.”
E hicieron aquellos días un becerro y ofrecieron un sacrificio al ídolo e hicieron una fiesta a las obras de sus manos.
Entonces Adonay se apartó de ellos y los entregó al culto del ejército del cielo, como está escrito en el libro de los Profetas: ¿Es que me ofrecisteis víctimas y sacrificios durante cuarenta años en el desierto, casa de Israel?
Os llevasteis la tienda de Moloc y la estrella del dios Refán, las imágenes que hicisteis para adorarlas; pues yo os llevaré más allá de Babilonia.
«Nuestros padres tenían en el desierto la Tienda del Testimonio, como mandó el que dijo a Moisés que la hiciera según el modelo que había visto.
Nuestros padres que les sucedieron la recibieron y la introdujeron bajo el mando de Josué en el país ocupado por los gentiles, a los que Adonay expulsó delante de nuestros padres, hasta los días de David,
que halló gracia ante Adonay y pidió encontrar una Morada para la casa de Jacob.
Pero fue Salomón el que le edificó Casa,
aunque el Altísimo no habita en casas hechas por mano de hombre como dice el profeta:
El cielo es mi trono y la tierra el escabel de mis pies. Dice el Señor: ¿Qué Casa me edificaréis? O ¿cuál será el lugar de mi descanso?
¿Es que no ha hecho mi mano todas estas cosas?
51 «¡Duros de cerviz, incircuncisos de corazón y de oídos! ¡Vosotros siempre resistís al Espíritu Santo! ¡Como vuestros padres, así vosotros!
52 ¿A qué profeta no persiguieron vuestros padres? Ellos mataron a los que anunciaban de antemano la venida del Justo, de aquel a quien vosotros ahora habéis traicionado y asesinado;
53 vosotros que recibisteis la Ley por mediación de ángeles y no la habéis guardado.»
54 Al oír esto, sus corazones se consumían de rabia y rechinaban sus dientes contra él.
55 Pero él, lleno del Espíritu Santo, miró fijamente al cielo y vio la gloria de Adonay y a Yeshúa que estaba en pie a la diestra de Adonay,
56 y dijo: «Estoy viendo los cielos abiertos y al Hijo del hombre que está en pie a la diestra de Adonay»
57 Entonces, gritando fuertemente, se taparon sus oídos y se precipitaron todos a una sobre él;
58 le echaron fuera de la ciudad y empezaron a apedrearle. Los testigos pusieron sus vestidos a los pies de un joven llamado Saulo.
59 Mientras le apedreaban, Esteban hacía esta invocación: «Señor Yeshúa, recibe mi espíritu.»
60 Después dobló las rodillas y dijo con fuerte voz: «Señor, no les tengas en cuenta este pecado.» Y diciendo esto, se durmió.
Hechos 8
Saulo aprobaba su muerte. Aquel día se desató una gran persecución contra la Iglesia de Jerusalén. Todos, a excepción de los apóstoles, se dispersaron por las regiones de Judea y Samaria.
Unos hombres piadosos sepultaron a Esteban e hicieron gran duelo por él.
Entretanto Saulo hacía estragos en la Iglesia; entraba por las casas, se llevaba por la fuerza hombres y mujeres, y los metía en la cárcel.
Los que se habían dispersado iban por todas partes anunciando la Buena Nueva de la Palabra.
Felipe bajó a una ciudad de Samaria y les predicaba a Yeshúa.
La gente escuchaba con atención y con un mismo espíritu lo que decía Felipe, porque le oían y veían las señales que realizaba;
pues de muchos posesos salían los espíritus inmundos dando grandes voces, y muchos paralíticos y cojos quedaron curados.
Y hubo una gran alegría en aquella ciudad.
En la ciudad había ya de tiempo atrás un hombre llamado Simón que practicaba la magia y tenía atónito al pueblo de Samaria y decía que él era algo grande.
Y todos, desde el menor hasta el mayor, le prestaban atención y decían: «Este es la Potencia de Adonay llamada la Grande.»
Le prestaban atención porque les había tenido atónitos por mucho tiempo con sus artes mágicas.
Pero cuando creyeron a Felipe que anunciaba la Buena Nueva del Reino de Adonay y el nombre de Yeshúa, empezaron a bautizarse hombres y mujeres.
Hasta el mismo Simón creyó y, una vez bautizado, no se apartaba de Felipe; y estaba atónito al ver las señales y grandes milagros que se realizaban.
Al enterarse los apóstoles que estaban en Jerusalén de que Samaria había aceptado la Palabra de Adonay, les enviaron a Pedro y a Juan.
Estos bajaron y oraron por ellos para que recibieran el Espíritu Santo;
pues todavía no había descendido sobre ninguno de ellos; únicamente habían sido bautizados en el nombre del Señor Yeshúa.
Entonces les imponían las manos y recibían el Espíritu Santo.
Al ver Simón que mediante la imposición de las manos de los apóstoles se daba el Espíritu, les ofreció dinero diciendo:
«Dadme a mí también este poder para que reciba el Espíritu Santo aquel a quien yo impoga las manos.»
Pedro le contestó: «Vaya tu dinero a la perdición y tú con él; pues has pensado que el don de Adonay se compra con dinero.
En este asunto no tienes tú parte ni herencia, pues tu corazón no es recto delante de Adonay.
Arrepiéntete, pues, de esa tu maldad y ruega al Señor, a ver si se te perdona ese pensamiento de tu corazón;
porque veo que tú estás en hiel de amargura y en ataduras de iniquidad.»
Simón respondió: «Rogad vosotros al Señor por mí, para que no venga sobre mí ninguna de esas cosas que habéis dicho.»
Ellos, después de haber dado testimonio y haber predicado la Palabra del Señor, se volvieron a Jerusalén evangelizando muchos pueblos samaritanos.
El Angel del Señor habló a Felipe diciendo: «Levántate y marcha hacia el mediodía por el camino que baja de Jerusalén a Gaza. Es desierto.»
Se levantó y partió. Y he aquí que un etíope eunuco, alto funcionario de Candace, reina de los etíopes, que estaba a cargo de todos sus tesoros, y había venido a adorar en Jerusalén,
regresaba sentado en su carro, leyendo al profeta Isaías.
El Espíritu dijo a Felipe: «Acércate y ponte junto a ese carro.»
Felipe corrió hasta él y le oyó leer al profeta Isaías; y le dijo: «¿Entiendes lo que vas leyendo?»
El contestó: «¿Cómo lo puedo entender si nadie me hace de guía?» Y rogó a Felipe que subiese y se sentase con él.
El pasaje de la Escritura que iba leyendo era éste: «Fue llevado como una oveja al matadero; y como cordero, mudo delante del que lo trasquila, así él no abre la boca.
En su humillación le fue negada la justicia; ¿quién podrá contar su descendencia? Porque su vida fue arrancada de la tierra.»
El eunuco preguntó a Felipe: «Te ruego me digas de quién dice esto el profeta: ¿de sí mismo o de otro?»
Felipe entonces, partiendo de este texto de la Escritura, se puso a anunciarle la Buena Nueva de Yeshúa
Siguiendo el camino llegaron a un sitio donde había agua. El eunuco dijo: «Aquí hay agua; ¿qué impide que yo sea bautizado?»
Felipe dijo: Si crees de todo corazón, bien puedes. Y respondiendo, dijo: Creo que Yeshúa es el Hijo de Elohim.
Y mandó detener el carro. Bajaron ambos al agua, Felipe y el eunuco; y lo bautizó,
y en saliendo del agua, el Espíritu del Señor arrebató a Felipe y ya no le vio más el eunuco, que siguió gozoso su camino.
Felipe se encontró en Azoto y recorría evangelizando todas las ciudades hasta llegar a Cesarea.
Tehilim 114
Cuando Israel salió de Egipto, la casa de Jacob de un pueblo bárbaro,
se hizo Judá su santuario, Israel su dominio.
Lo vio la mar y huyó, retrocedió el Jordán,
los montes brincaron lo mismo que carneros, las colinas como corderillos.
Mar, ¿qué es lo que tienes para huir, y tú, Jordán, para retroceder,
montes, para saltar como carneros, colinas, como corderillos?
¡Tiembla, tierra, ante la faz del Dueño, ante la faz del Elohim de Jacob,
Aquel que cambia la peña en un estanque, y el pedernal en una fuente!

