Parashot 7 de enero 2023
II Macabeos 8–9, Romanos 15–16 y Tehilim 132
II Macabeos 8
Judas, llamado también Macabeo, y sus compañeros entraban sigilosamente en los pueblos, llamaban a sus hermanos de raza y acogiendo a los que permanecían fieles al judaísmo, llegaron a reunir 6.000 hombres.
Rogaban al Señor que mirase por aquel pueblo que todos conculcaban; que tuviese piedad del santuario profanado por los hombres impíos;
que se compadeciese de la ciudad destruida y a punto de ser arrasada, y que escuchase las voces de la sangre que clamaba a él;
que se acordase de la inicua matanza de niños inocentes y de las blasfemias proferidas contra su nombre, y que mostrase su odio al mal.
Macabeo, con su tropa organizada, fue ya invencible para los gentiles, al haberse cambiado en misericordia la cólera del Señor.
Llegando de improviso, incendiaba ciudades y pueblos; después de ocupar las posiciones estratégicas, causaba al enemigo grandes pérdidas.
Prefería la noche como aliada para tales incursiones. La fama de su valor se extendía por todas partes.
Al ver Filipo que este hombre progesaba paulatinamente y que sus éxitos eran cada día más frecuentes, escribió a Tolomeo, estratega de Celesiria y Fenicia para que viniese en ayuda de los intereses del rey.
Este designó enseguida a Nicanor, hijo de Patroclo, uno de sus primeros amigos, y le envió al frente de no menos de 20.000 hombres de todas las naciones para exterminar la raza entera de Judea. Puso a su lado a Gorgias, general con experiencia en lides guerreras.
Nicanor intentaba, por su parte, saldar con la venta de prisioneros judíos, el tributo de 2.000 talentos que el rey debía a los romanos.
Pronto envió a las ciudades marítimas una invitación para que vinieran a comprar esclavos judíos, prometiendo entregar noventa esclavos por un talento sin esperarse el castigo del Todopoderoso que estaba a punto de caer sobre él.
Llegó a Judas la noticia de la expedición de Nicanor. Cuando comunicó a los que le acompañaban que el ejército se acercaba,
los cobardes y desconfiados de la justicia divina, comenzaron a escaparse y alejarse del lugar;
los demás vendían todo lo que les quedaba, y pedían al mismo tiempo al Señor que librara a los que el impío Nicanor tenía vendidos aun ante de haberse enfrentado.
Si no por ellos, sí por las alianzas con sus padres y porque invocaban en su favor el venerable y majestuoso Nombre.
Después de reunir a los suyos, en número de 6.000, el Macabeo les exhortaba a no dejarse amedrentar por los enemigos y a no temer a la muchedumbre de gentiles que injustamente venían contra ellos, sino a combatir con valor,
teniendo a la vista el ultraje que inicuamente habían inferido al Lugar Santo, los suplicios infligidos a la ciudad y la abolición de las instituciones ancestrales.
«Ellos, les dijo, confían en sus armas y en su audacia; pero nosotros tenemos nuestra confianza puesta en Yahweh Todopoderoso, que puede abatir con un gesto a los que vienen contra nosotros y al mundo entero.»
Les enumeró los auxilios dispensados a sus antecesores, especialmente frente a Senaquerib, cuando perecieron 185.000,
y el recibido en Babilonia, en la batalla contra los gálatas, cuando entraron en acción todos los 8.000 judíos junto a los 4.000 macedonios, y cuando los macedonios se hallaban en apuros, los 8.000 derrotaron a 120.000, gracias al auxilio que les llegó del cielo, y se hicieron con un gran botín.
Después de haberlos enardecido con estas palabras y de haberlos dispuesto a morir por las leyes y por la patria, dividió el ejército en cuatro cuerpos.
Puso a sus hermanos, Simón, José y Jonatán, al frente de cada cuerpo, dejando a las órdenes de cada uno 1.500 hombres.
Además mandó a Esdrías que leyera el libro sagrado; luego, dando como consigna «Auxilio de Yahweh», él mismo al frente del primer cuerpo trabó combate con Nicanor.
Al ponerse el Todopoderoso de su parte en la lucha, dieron muerte a más de 9.000 enemigos, hirieron y mutilaron a la mayor parte del ejército de Nicanor, y a todos los demás los pusieron en fuga.
Se apoderaron del dinero de los que habían venido a comprarlos. Después de haberlos perseguido bastante tiempo, se volvieron, obligados por la hora,
pues era víspera del sábado, y por esta causa no continuaron en su persecución.
Una vez que hubieron amontonado las armas y recogido los despojos de los enemigos, comenzaron la celebración del sábado, desbordándose en bendiciones y alabanzas al Señor que en aquel día les había salvado, estableciendo el comienzo de su misericordia.
Al acabar el sábado, dieron una parte del botín a los que habían sufrido la persecución, así como a las viudas y huérfanos; ellos y sus hijos se repartieron el resto.
Hecho esto, en rogativa pública rogaron al Señor misericordioso que se reconciliara del todo con sus siervos.
En su combate con las tropas de Timoteo y Báquides, mataron a éstos más de 20.000 hombres, se adueñaron por completo de altas fortalezas y dividieron el inmenso botín en partes iguales, una para ellos y otra para los que habían sufrido la persecución, los huérfanos y las viudas, así como para los ancianos.
Con todo cuidado reunieron las armas capturadas en lugares convenientes y llevaron a Jerusalén el resto de los despojos.
Mataron al filarca de la escolta de Timoteo, hombre muy impío que había causado mucho pesar a los judíos.
Mientras celebraban la victoria en su patria, quemaron a los que habían incendiado los portones sagrados, así como a Calístenes, que estaban refugiados en una misma casita, y que recibieron así la merecida paga de su impiedad.
Nicanor, tres veces criminal, que había traído a los mil comerciantes para la venta de los judíos,
con el auxilio del Señor, quedó humillado por los mismos que él despreciaba como los más viles; despojándose de sus galas, como un fugitivo a campo través, buscando la soledad llegó hasta Antioquía con mucha suerte, después del desastre de su ejército.
El que había pretendido saldar el tributo debido a los romanos con la venta de los prisioneros de Jerusalén, proclamaba que los judíos tenían a Alguien que les defendía, y que los judíos eran invulnerables por el hecho de que seguían las leyes prescritas por Aquél.
II Macabeos 9
Sucedió por este tiempo que Antíoco hubo de retirarse desordenadamente de las regiones de Persia.
En efecto, habiendo entrado en la ciudad llamada Persépolis, pretendió saquear el santuario y oprimir la ciudad; ante ello, la muchedumbre sublevándose acudió a las armas y le puso en fuga; y sucedió que Antíoco, ahuyentado por los naturales del país, hubo de emprender una vergonzosa retirada.
Cuando estaba en Ecbátana, le llegó la noticia de lo ocurrido a Nicanor y a las tropas de Timoteo.
Arrebatado de furor, pensaba vengar en los judíos la afrenta de los que le habían puesto en fuga, y por eso ordenó al conductor que hiciera avanzar el carro sin parar hasta el término del viaje. Pero ya el juicio del Cielo se cernía sobre él, pues había hablado así con orgullo: «En cuanto llegue a Jerusalén, haré de la ciudad una fosa común de judíos.»
Pero el Señor Elohim de Israel que todo lo ve, le hirió con una llaga incurable e invisible: apenas pronunciada esta frase, se apoderó de sus entrañas un dolor irremediable, con agudos retortijones internos,
cosa totalmente justa para quien había hecho sufrir las entrañas de otros con numerosas y desconocidas torturas.
Pero él de ningún modo cesaba en su arrogancia; estaba lleno todavía de orgullo, respiraba el fuego de su furor contra los judíos y mandaba acelerar la marcha. Pero sucedió que vino a caer de su carro que corría velozmente y, con la violenta caída, todos los miembros de su cuerpo se le descoyuntaron.
El que poco antes pensaba dominar con su altivez de superhombre las olas del mar, y se imaginaba pesar en una balanza las cimas de las montañas, caído por tierra, era luego transportado en una litera, mostrando a todos de forma manifiesta el poder de Adonay,
hasta el punto que de los ojos del impío pululaban gusanos, caían a pedazos sus carnes, aun estando con vida, entre dolores y sufrimientos, y su infecto hedor apestaba todo el ejército.
Al que poco antes creía tocar los astros del cielo, nadie podía ahora llevarlo por la insoportable repugnancia del hedor.
Así comenzó entonces, herido, a abatir su excesivo orgullo y a llegar al verdadero conocimiento bajo el azote divino, en tensión a cada instante por los dolores.
Como ni él mismo podía soportar su propio hedor, decía: «Justo es estar sumiso a Yahweh y que un mortal no pretenda igualarse a la divinidad.»
Pero aquel malvado rogaba al Soberano de quien ya no alcanzaría misericordia, prometiendo
que declararía libre la ciudad santa, a la que se había dirigido antes a toda prisa para arrasarla y transformarla en fosa común,
que equipararía con los atenienses a todos aquellos judíos que había considerado dignos, no de una sepultura, sino de ser arrojados con sus niños como pasto a las fieras;
que adornaría con los más bellos presentes el Templo Santo que antes había saqueado; que devolvería multiplicados todos los objetos sagrados; que suministraría a sus propias expensas los fondos que se gastaban en los sacrificios;
y, además, que se haría judío y recorrería todos los lugares habitados para proclamar el poder de Yahweh.
Como sus dolores de ninguna forma se calmaban, pues había caído sobre él el justo juicio de Yahweh, desesperado de su estado, escribió a los judíos la carta copiada a continuación, en forma de súplica, con el siguiente contenido:
«A los honrados judíos, ciudadanos suyos, con los mejores deseos de dicha, salud y prosperidad, saluda el rey y estratega Antíoco.
Si os encontráis bien vosotros y vuestros hijos, y vuestros asuntos van conforme a vuestros deseos, damos por ello rendidas gracias.
En cuanto a mí, me encuentro postrado sin fuerza en mi lecho, con un amistoso recuerdo de vosotros. A mi vuelta de las regiones de Persia, contraje una molesta enfermedad y he considerado necesario preocuparme de vuestra seguridad común.
No desespero de mi situación, antes bien tengo grandes esperanzas de salir de esta enfermedad;
pero considerando que también mi padre, con ocasión de salir a campaña hacia las regiones altas, designó su futuro sucesor,
para que, si ocurría algo sorprendente o si llegaba alguna noticia desagradable, los habitantes de las provincias no se perturbaran, por saber ya a quién quedaba confiado el gobierno;
dándome cuenta además de que los soberanos de alrededor, vecinos al reino, acechan las oportunidades y aguardan lo que pueda suceder, he nombrado rey a mi hijo Antíoco, a quien muchas veces, al recorrer las satrapías altas, os he confiado y recomendado a gran parte de vosotros. A él le he escrito lo que sigue.
Por tanto os exhorto y ruego que acordándoos de los beneficios recibidos en común y en particular, guardéis cada uno también con mi hijo la benevolencia que tenéis hacia mí.
Pues estoy seguro de que él, realizando con moderación y humanidad mis proyectos, se entenderá bien con vosotros.»
Así pues, aquel asesino y blasfemo, sufriendo los peores padecimientos, como los había hecho padecer a otros, terminó la vida en tierra extranjera, entre montañas, en el más lamentable infortunio.
Filipo, su compañero, trasladaba su cuerpo; mas, por temor al hijo de Antíoco, se retiró a Egipto, junto a Ptolomeo Filometor.
Romanos 15
Nosotros, los fuertes, debemos sobrellevar las flaquezas de los débiles y no buscar nuestro propio agrado.
Que cada uno de nosotros trate de agradar a su prójimo para el bien, buscando su edificación;
pues tampoco Yeshúa buscó su propio agrado, antes bien, como dice la Escritura: Los ultrajes de los que te ultrajaron cayeron sobre mi.
En efecto todo cuanto fue escrito en el pasado, se escribió para enseñanza nuestra, para que con la paciencia y el consuelo que dan las Escrituras mantengamos la esperanza.
Y el Yahweh de la paciencia y del consuelo os conceda tener los unos para con los otros los mismos sentimientos, según Yeshúa,
para que unánimes, a una voz, glorifiquéis al Elohim y Padre de nuestro Señor Yeshúa.
Por tanto, acogeos mutuamente como os acogio Yeshúa para gloria de Adonay.
Pues afirmo que Yeshúa se puso al servicio de los circuncisos a favor de la veracidad de Yahweh, para dar cumplimiento a las promesas hechas a los patriarcas,
y para que los gentiles glorificasen a Adonay por su misericordia, como dice la Escritura: Por eso te bendeciré entre los gentiles y ensalzaré tu nombre.
Y en otro lugar: Gentiles, regocijaos juntamente con su pueblo;
y de nuevo: Alabad, gentiles todos, al Señor y cántenle himnos todos los pueblos.
Y a su vez Isaías dice: Aparecerá el retoño de Jesé, el que se levanta para imperar sobre los gentiles. En él pondrán los gentiles su esperanza.
El Yahweh de la esperanza os colme de todo gozo y paz en vuestra fe, hasta rebosar de esperanza por la fuerza del Ruaj Hakodesh.
Por mi parte estoy persuadido, hermanos míos, en lo que a vosotros toca, de que también vosotros estáis llenos de buenas disposiciones, henchidos de todo conocimiento y capacitados también para amonestaros mutuamente.
Sin embargo, en algunos pasajes os he escrito con cierto atrevimiento, como para reavivar vuestros recuerdos, en virtud de la gracia que me ha sido otorgada por Adonay,
de ser para los gentiles ministro de Yeshúa Hamashiaj, ejerciendo el sagrado oficio del Evangelio de Elohim, para que la oblación de los gentiles sea agradable, santificada por el Ruaj Hakodesh.
Tengo, pues, de qué gloriarme en Yeshúa en lo referente al servicio de Yahweh.
Pues no me atreveré a hablar de cosa alguna que Yeshúa no haya realizado por medio de mi para conseguir la obediencia de los gentiles, de palabra y de obra,
en virtud de señales y prodigios, en virtud del Ruaj Hakodesh, tanto que desde Jerusalén y en todas direcciones hasta el Ilírico he dado cumplimiento al Evangelio de Yeshúa;
teniendo así, como punto de honra, no anunciar el Evangelio sino allí donde el nombre de Yeshúa no era aún conocido, para no construir sobre cimientos ya puestos por otros,
antes bien, como dice la Escritura: Los que ningún anuncio recibieron de él, le verán, y los que nada oyeron, comprenderán.
Esa era la razón por la cual siempre me veía impedido de llegar hasta vosotros.
Mas ahora, no teniendo ya campo de acción en estas regiones, y deseando vivamente desde hace muchos años ir donde vosotros,
cuando me dirija a España… Pues espero veros al pasar, y ser encaminado por vosotros hacia allá, después de haber disfrutado un poco de vuestra compañía.
Más, por ahora, voy a Jerusalén para el servicio de los santos,
pues Macedonia y Acaya tuvieron a bien hacer una colecta en favor de los pobres de entre los santos de Jerusalén.
Lo tuvieron a bien, y debían hacérselo; pues si los gentiles han participado en sus bienes espirituales, ellos a su vez deben servirles con sus bienes temporales.
Así que, una vez terminado este asunto, y entregado oficialmente el fruto de la colecta, partiré para España, pasando por vosotros.
Y bien sé que, al ir a vosotros, lo haré con la plenitud de las bendiciones de Yeshúa.
Pero os suplico, hermanos, por nuestro Señor Yeshúa y por el amor del Ruaj Hakodesh, que luchéis juntamente conmigo en vuestras oraciones rogando a Yahweh por mí,
para que me vea libre de los incredulos de Judea, y el socorro que llevo a Jerusalén sea bien recibido por los santos;
y pueda también llegar con alegría a vosotros por la voluntad de Yahweh, y disfrutar de algún reposo entre vosotros.
El Eterno de la paz sea con todos vosotros. Amén.
Romanos 16
Os recomiendo a Febe, nuestra hermana, diaconisa de la Iglesia de Cencreas.
Recibidla en el Señor de una manera digna de los santos, y asistidla en cualquier cosa que necesite de vosotros, pues ella ha sido protectora de muchos, incluso de mí mismo.
Saludad a Prisca y Aquila, colaboradores míos en Yeshúa.
Ellos expusieron sus cabezas para salvarme. Y no soy solo en agradecérselo, sino también todas las Iglesias de la gentilidad;
saludad también a la Iglesia que se reúne en su casa. Saludad a mi querido Epéneto, primicias del Asia para Yeshúa.
Saludad a María, que se ha afanado mucho por vosotros.
Saludad a Andrónico y Junia, mis parientes y compañeros de prisión, ilustres entre los apóstoles, que llegaron a Yeshúa antes que yo.
Saludad a Ampliato, mi amado en el Señor.
Saludad a Urbano, colaborador nuestro en Yeshúa; y a mi querido Estaquio.
Saludad a Apeles, que ha dado buenas pruebas de sí en Yeshúa. Saludad a los de la casa de Aristóbulo.
Saludad a mi pariente Herodión. Saludad a los de la casa de Narciso, en el Señor.
Saludad a Trifena y a Trifosa, que se han fatigado en el Señor. Saludad a la amada Pérside, que trabajó mucho en el Señor.
Saludad a Rufo, el escogido del Señor; y a su madre, que lo es también mía.
Saludad a Asíncrito y Flegonta, a Hermes, a Patrobas, a Hermas y a los hermanos que están con ellos.
Saludad a Filólogo y a Julia, a Nereo y a su hermana, lo mismo que a Olimpas y a todos los santos que están con ellos.
Saludaos los unos a los otros con el beso santo. Todas las Iglesias de Yeshúa os saludan.
Os ruego, hermanos, que os guardéis de los que suscitan divisiones y escándalos contra la doctrina que habéis aprendido; apartaos de ellos,
pues esos tales no sirven a nuestro Señor Yeshúa, sino a su propio vientre, y, por medio de suaves palabras y lisonjas, seducen los corazones de los sencillos.
Vuestra obediencia se ha divulgado por todas partes; por lo cual, me alegro de vosotros. Pero quiero que seáis ingeniosos para el bien e inocentes para el mal.
Y el Yahweh de la paz aplastará bien pronto a Satanás bajo vuestros pies. La gracia de nuestro Señor Yeshúa sea con vosotros.
Os saluda Timoteo, mi colaborador, lo mismo que Lucio, Jasón y Sosípatro, mis parientes.
Os saludo en el Señor yo, Tercio, que he escrito esta carta.
Os saluda Gayo, huésped mío y de toda la Iglesia.
Os saluda Erasto, cuestor de la ciudad, y Cuarto, nuestro hermano. A Aquel que puede consolidaros conforme al Evangelio mío y la predicación de Yeshúa: revelación de un Misterio mantenido en secreto durante siglos eternos,
pero manifestado al presente, por la Escrituras que lo predicen, por disposición del Yahweh eterno, dado a conocer a todos los gentiles para obediencia de la fe,
a Yahweh, el único sabio, por Yeshúa, ¡a él la gloria por los siglos de los siglos! Amén.
Tehilim 132
Canción de las subidas. Acuérdate, Yahweh, en favor de David, de todos sus desvelos,
del juramento que hizo a Yahweh, de su voto al Fuerte de Jacob:
«No he de entrar bajo el techo de mi casa, no he de subir al lecho en que reposo,
sueño a mis ojos no he de conceder ni quietud a mis párpados,
mientras no encuentre un lugar para Yahweh, una Morada para el Fuerte de Jacob.»
Mirad: hemos oído de Ella que está en Efratá, ¡la hemos encontrado en los Campos del Bosque!
¡Vayamos a la Morada de él, ante el estrado de sus pies postrémonos!
¡Levántate, Yahweh, hacia tu reposo, tú y el arca de tu fuerza!
Tus sacerdotes se vistan de justicia, griten de alegría tus amigos.
En gracia a David, tu servidor, no rechaces el rostro de tu ungido.
Juró Yahweh a David, verdad que no retractará: «El fruto de tu seno asentaré en tu trono.
«Si tus hijos guardan mi alianza, el dictamen que yo les enseño, también sus hijos para siempre se sentarán sobre tu trono.»
Porque Yahweh ha escogido a Sión, la ha querido como sede para sí:
«Aquí está mi reposo para siempre, en él me sentaré, pues lo he querido.
«Sus provisiones bendeciré sin tasa, a sus pobres hartaré de pan,
de salvación vestiré a sus sacerdotes, y sus amigos gritarán de júbilo.
«Allí suscitaré a David un fuerte vástago, aprestaré una lámpara a mi ungido;
de vergüenza cubriré a sus enemigos, y sobre él brillará su diadema».

